Todos callaron y miraron hacia la sala de juego, de donde en aquel instante salía Martínez. Don Ignacio, el paso firme, se acercó á la tertulia y cogiendo una silla dejóse caer en ella con ímpetu. Su semblante moreno, ancho y peludo, y sus ojos negros, más enardecidos que nunca bajo la fosquedad de las cejas, rebosaban despecho. Había perdido cuarenta y dos pesetas. A última hora necesitaba un cuatro de bastos para desquitarse, y el banquero tiró una sota...

—¡De bonísima gana—exclamó—le hubiese dado un puñetazo en la cabeza!... ¡Así!...

Y su brazo corto y musculoso se encogía, se estiraba, describiendo la trayectoria del golpe.

Las crisis de mal humor del veterinario producían en don Juan Manuel reacciones placenteras; lo que en don Ignacio era cólera, minutos después en el diputado se hacía risa. Aquellos dos caracteres, igualmente fuertes, se equilibraban: la hilaridad del uno daba la medida de la furia del otro; si éste se deprimía aquél se exaltaba, y de su constante oposición derivábase una atmósfera espiritual muy grata.

El señor Martínez aquella noche estaba de malísimo temple porque el forjador de su taller se le había marchado á Salamanca, y no tenía con quién reemplazarle. Era un buen obrero, voluntarioso para el trabajo y de pocas palabras.

—Por lo mismo—agregó—, cuando esta mañana, de repente, me dijo que se iba, no sé cómo no le di con el martillo.

Los circunstantes permanecieron serios; se colocaban en el lugar del señor Martínez y comprendían su contrariedad, y el perjuicio que aquel accidente le irrogaba. Únicamente don Juan Manuel se echó á reir.

—¡Este don Ignacio tiene para todos los males la misma receta! Que está jugando y el banquero le tira una sota... ¡Puñetazo al banquero! Que se le va un empleado y no tiene con quién sustituirle... ¡Puñetazo al empleado! ¿Pero usted cree que las voluntades se arreglan á golpes, como las herraduras? «A caballo corredor, cabestro corto», amigo Martínez.

—En muchos casos, sí, señor.

—Pero en otros muchos casos, no, señor; y en todos es preferible pecar de tímido que de bárbaro. «Burrilla mansa, á su madre y á la ajena mama»... ¡Y no me guarde rencor porque cite refranes de los que á usted le gustan!...