A don Juan Manuel y á don Elías les gustaba jugar, especialmente al primero, de quien se decía que en el Casino de Madrid llegó á perder cincuenta mil pesetas de una asentada. Era un jugador elegante, lleno siempre de buen humor, al que las zancadillas de la mala fortuna no entristecían. Don Artemio también solía arriesgar algún dinerillo al vaivén cauteloso de los naipes; la maravillosa mesa verde le fascinaba y producíale cosquilleos recónditos; su circulación se aceleraba; pero como era muy avaro, jugaba poco. Sus ganancias, como sus pérdidas, nunca excedieron de un duro. Todo lo contrario de don Ignacio Martínez. El albeitar era un jugador tempestuoso: si ganaba, como si perdía, doblaba las posturas; en ambos casos su codicia y su violento carácter se desataban. El banquero le miraba siempre con recelo: don Ignacio, anchicorto, rollizo y resoplante, le hostilizaba con miradas, con gruñidos, con los crugidos de la silla que ocupaba y donde se rebullía como si le pinchasen alfileres. Fuésele la suerte propicia ó adversa, el señor Martínez simbolizaba el descontento, el desasosiego, la rebelión.
Aquella noche, después de jugar un rato, la mayoría del público regresó al salón del tresillo. A cada momento la puertecilla, disimulada tras un espejo, del «cuarto verde», se abría y aparecían más socios. Displicentes ocupaban las mesas. Sonaban palmadas. Teodoro corría solícito, de un lado á otro.
Don Juan Manuel Rubio examinó su cartera: había perdido cien pesetas.
—De las cuales—contestó don Elías—han llegado á mis manos la mitad, justamente. He ganado diez duros.
Don Artemio Morón no había cobrado ni perdido, y estaba contento. Con lo que se divirtió tenía bastante. Don Isidro y don Dimas también perdieron, en su refriega con la suerte, algunos reales.
—Entonces—exclamó don Elías liberalmente—invito á ustedes. El dinero del juego es alegre. Llamen á Teodoro y pidan lo que gusten.
El diálogo recayó sobre las operaciones realizadas aquel día en el mercado. La arroba de carne de cerdo se había vendido á setenta reales, y á veinte pesetas la de vaca. Hubo vaca de veinticinco arrobas, y marranos de doce. Don Juan Manuel hacía signos de asentimiento; él tenía en «La Evarista» varios cerdos que seguramente pesaban bastante más; lo lamentable era la epidemia de erisipela, ó mal rojo, que aquel año afligía á los puercos.
—A don Ignacio le he hablado de esto diferentes veces, y no hace caso. No sé qué le sucede; ¿no le encuentran ustedes distraído?...
—Pues, en su negocio—repuso don Isidro—, no debe de irle mal. Tiene todo el trabajo que quiere.
—Yo creo que bebe—insinuó malévolamente don Artemio, bajando la voz.