«¿Cómo ha venido el coche? ¿Por qué Fabiana quería marcharse?... ¿Qué misterio se esconde en todo esto?...»
Sobre sus mejillas, curtidas por el sol, sus barbas mal afeitadas se erizaron. No veía á nadie y estaba cierto, sin embargo, de no hallarse solo. Tembló. Fue aquella la primera vez que don Ignacio, recio de músculos y arrebatado de corazón, sintió el miedo.
XXX
Las últimas semanas de aquel invierno iban desfalleciendo apacibles en la misma suave sinfonía, glauca y oro, del paisaje y del sol. La temperatura era agradable. A intervalos cerrábase el horizonte y caía una grupada que mojando los edificios los oscurecía, lavaba las calles pendientes y gorgoteaba risueña en los alcorques; pero, luego, el cielo parecía más límpido y más alto, y mayor la luz. En los árboles, desnudos aún, la mirada zahorí de los agricultores atisbaba, sin embargo, indicios de una pronta resurrección; en los troncos advertíanse manchitas verdes, diminutas como lunares, que con la bonanza del tiempo se convertirían en sarpullos, y el color negro de las ramas escuetas era menos rotundo. Los montes, quemados por la escarcha, ofrecían en sus laderas grandes extensiones desprovistas de tierra vegetal, que de noche blanqueaban espectrales como osamentas. En la sierra y en el valle, á falta de otros colores más blandos y alegres, el paisaje se cubría de tonos violentos. En las torrenteras, lo que no era piedra simulaba metal; al lado del cobre, el basalto; junto al brochazo caliente del ocre, el negro rebruñido del azabache; sobre un estrato de plata, uno de plomo, y luego otro, profundo, tenebroso, como una veta de carbón, y más arriba preduzcos enormes vestidos de cinabrio; todas las muecas, en fin, del mundo inorgánico, toda la policromía adusta, llena de severa aridez, de la química mineral, toda la gama multicolor de los sulfuros y de los sulfatos, del granito y del plomo, del cuarzo y del yeso, del feldespato y de la arcilla. Y sobre aquel panorama, cuyo acorde predominante ó fundamental eran el negro, el berilo y el añil muy oscuro, la crestería cana de la sierra; y encima el espacio azul, de un azul pálido, frío, triste, como un convaleciente...
En toda aquella época del año, desde primeros de Noviembre á mediados de Marzo, la voz del Malamula parecía más fuerte, y el paisaje cobraba resonancias poderosas. Desprovisto de herbazales el valle, sin frondosidad el bosque, muertos los matorrales bajo el abrazo de la escarcha, limpios los gollizos y los tajos serrinos de plantas rampantes, de líquenes y hasta de musgo, el silbido de los trenes y las voces de la tempestad, no hallando blanduras sobre que apagarse desmayadamente y como entre terciopelos, repercutían mejor. Era la sonoridad de una casa de donde se hubiesen llevado las cortinas y las alfombras.
Los rigores atmosféricos fomentaban la vida del Casino. Todo, dentro de sus paredes, seguía igual. El tiempo, el terrible anarquizante que á las almas, como á los edificios, lleva siempre principios de disgregación, olvido y renovamiento, cambiando allí de táctica, sirvió de argamasa, y con ungüento de rutina, más coercitivo que el cemento romano, aseguró la marcha de aquel sedentario organismo. Teodoro, tras un noviazgo de veinte años, casó con Dominga, la sobrina de don Valentín; pero como sus economías no le bastaban á establecerse, seguía desempeñando sus funciones de camarero con aquella discreción que estereotipó en su semblante triste y flaco—semblante de dispéptico—una sonrisa servicial. Entre los parroquianos más antiguos notábanse algunas deserciones. Ejemplos: Romualdo Pérez, cuyo humor parecía haberse anubarrado con las cargas matrimoniales, y sólo iba al Casino los domingos y fiestas de guardar; y Luis Olmedilla, que corregido de sus libertinas mañas y formalmente enamorado de Anita Fernández Parreño, apenas salía á la calle de noche. También su hermano don Niceto, el juez, y don Pepe Erato, valetudinario y amenazado de parálisis, observaban vida muy apartada.
En cambio, la tertulia de don Juan Manuel Rubio, don Elías, don Isidro Peinado, el ferretero de la calle Larga, don Ignacio Martínez y don Artemio, continuaba inmutable. A ella habíanse agregado otros elementos: tales don Dimas Narro, médico joven y de mérito, que en breve tiempo supo ganarse una clientela; y don Belisario López, el dueño de la imprenta. Pero estas voluntades, advenedizas ó forasteras, no aportaron al espíritu arcaico de la reunión ninguna ráfaga pinturera ó extravagante. Todos hablaban de lo mismo. Eran siempre los hechos cotidianos y vulgares, explicados de igual manera y con idénticas palabras triviales. Por obra de la desocupación y del fastidio, lo más baladí se glosaba hasta la saciedad y era durante días motivo de conversación.
La vejez que las ruinas del viejo castillo infundió á los edificios, trascendió á los caracteres. En aquel ambiente inmóvil todo era ruin y oscuro; todo rimaba: la avaricia de don Artemio y los crímenes de Rita, el misoginismo de los hombres y las orgías de don Gil, la idiotez de Ramitas y la chismorrería, pobreza y falta de aseo, de la comunidad. El alma de Puertopomares era llana, supersticiosa, triste; alma de Castilla, sin ecos ni colores.
Unicamente los jueves, días de mercado, traían al Casino cierto regocijo. El resultado de las transacciones realizadas por la mañana, bajo los árboles de la Glorieta del Parque, se apreciaba allí perfectamente.
El dinero estimulaba la codicia de todos. Los jueves, por la noche, la raqueta del banquero sonaba más.