«Evidentemente hay una relación entre ambos sueños: el de Fermín casi explica el de Fabiana; diríase que se trata de un rapto. ¿Estará don Gil enamorado de mi mujer?...»

Preguntó:

—¿Y no te dijo don Gil á dónde habías de ir después?

—No, señor; y si me lo dijo... ¡no lo recuerdo!

Continuó devanándose los sesos por explicarse la ocurrido, hasta que don Ignacio, con el pensamiento de que su mujer estaba aguardándole, le interrumpió:

—Bueno, Fermín: no caviles más en eso porque vas á perder el juicio. Todo ha sido un sueño. ¡Ea, hasta mañana!...

Fermín saludó:

—Será como usted dice, don Ignacio: lo habré soñado. Buenas noches... y dispensar...

Subió al pescante, requirió las riendas y la tartana, oscilando sobre el pavimento desigual, se alejó lentamente. Una estela de silencio quedaba tras ella.

Don Ignacio entró en su casa y cerró la puerta. Tenía frío. Miró á su alrededor. La lámpara del despacho recortaba en el suelo un largo rectángulo luminoso; sobre los muros renegridos las herraduras, puestas en ordenadas ringleras, brillaban como cráneos. Martínez volvió á preguntarse: