—Sí, señor.

—¿Tú estás seguro de haber hablado con él?

—Sí, señor... ¡ya lo creo!... Tan cierto estoy de eso como de que tengo que morir. Es más: yo le pregunté, un tanto extrañado del aviso: «¿Es que el señor Martínez va de viaje?...» A lo que respondió: «No sé; pero procura acudir puntualmente adonde te he dicho»...

Fermín se dió una palmada en la frente; acababa de recordar las palabras de Pedro.

—¿Lo habré soñado?—exclamó.

Refirió la escena detalladamente y cómo después que don Gil Tomás se hubo marchado, al lamentarse él de tener que enganchar los caballos, Pedro, el cocinero, empezó á embromarle, asegurándole que aquello eran invenciones suyas, puesto que el hombre pequeñito no había estado allí.

—¿Si lo habré soñado?—repetía Fermín—; diga usted, don Ignacio, ¿seré yo sonámbulo? Porque es muy extraño que, hallándome dormido y Pedro despierto, y muy cerca el uno del otro, yo viese á don Gil y mi compañero no le viese. ¿Habrá escondido en alguna brujería?...

El veterinario no contestó. Fermín se signó cristianamente y prosiguió hablando, porque esto le aliviaba de su emoción. Don Ignacio pensaba:

«El hecho de que este mastuerzo haya soñado con don Gil, y de que la intensidad de la alucinación haya determinado en él una crisis de sonambulismo, no me extraña. Pero, ¿y Fabiana? ¿Cómo Fabiana ha soñado también con él?...»

A este pensamiento sucedió otro: