—¡Qué gracia! ¡De parte de usted!...

—¡De parte mía!...

Don Ignacio sintió en todo su cuerpo un frío intenso, sutil, que llegaba á sus huesos y él atribuyó á la corriente de aire establecida entre la calle y el patio. Para guardarse de ella salió á la acera, cerrando tras sí la puerta. En las palabras del tartanero Martínez empezaba á vislumbrar un misterio inexplicable, una sombra bruja.

—Dí, Fermín: ¿cuándo te llevaron ese recado?

—Poco después de las diez. Estaba yo en el portal de la Fonda, sentado así, en semejante posición, el respaldo de la silla apoyado contra la pared. Por más señas, que acababa de quedarme dormido, cuando apareció don Gil Tomás y me dijo: «Fermín: vengo á decirte que luego, á las doce en punto, estés con el coche en casa de don Ignacio».

Al oir el nombre del enano, Martínez se desemblantó y turbó hasta la lividez. Fermín lo advirtió.

—Pero, ¿no es verdad?

—No, no es verdad—repitió Martínez—; yo no he visto á don Gil.

De pronto, rehaciéndose, porque su animosa voluntad se doblegaba trabajosamente al miedo:

—Pero, ¿tú has hablado con don Gil?