—Una noche, sin embargo, soñaste con él; quería abrazarte; tú me lo dijiste.
—¿Qué importa? Eso no vale ni significa nada. Todos los sueños son tonterías.
Don Ignacio desconfiaba; temía que su mujer, conociendo las violencias de su carácter, no quisiera confesarle la verdad; pero ella juraba no ocultarle nada, y tal acento de convicción y nobleza tenían sus palabras, que el veterinario se tranquilizaba. Doña Fabiana era sincera; el hito del misterio, por consiguiente, estaba en otra parte.
Además, la señora de Martínez no había vuelto á soñar con don Gil, y si alguna vez le vió en sueños, fué tan ligeramente, que su imagen no dejó rastro malo ni bueno en su memoria. Acerca de esto don Ignacio no sabía interrogarla y se informaba torpemente. Algo honesto, muy caballeresco, muy pulcro, le impedía formular preguntas infames. Doña Fabiana, sin embargo, le respondía explícitamente. Demasiado comprendía las curiosidades de su marido cuáles eran y por dónde iban orientadas.
—Puedes creer—le decía—que después de esa noche de que ya hemos hablado, no he visto á don Gil.
Con cuya misericordiosa afirmación Martínez sentía apaciguarse la agresiva tirantez de sus nervios y aliviado su corazón de una sofocante pesadumbre.
Terminadas las vacaciones carnavalescas, comenzó á celebrarse en Salamanca la vista del proceso instruído contra los hermanos Paredes. La noticia produjo en Puertopomares indecible emoción y devolvió á los Rojos todo su repugnante interés criminal. Los detalles de la causa, un poco olvidados en el somnífero transcurso de aquel año, readquirieron llamativos verdores. La gente, al pasar por delante de la llamada siempre «casa del chopo», miraba recelosa hacia la puerta; aquella puertecilla sórdida, oscura, colocada en un nivel inferior al de la calle, por donde el cadáver del señor Frasquito salió una mañana llevándose á la tierra el secreto de su agonía. Nada faltaba en el negro horror de tan inaudita tragedia policíaca: las relaciones incestuosas de Rita con su hermano; la horrible sagacidad que ambos pusieron en el planteamiento y realización de su crimen; el hallazgo de las tres orzas, llenas de dinero, detalle que enardecía la imaginación popular inclinada á creer, por motivos de raza, en tesoros ocultos. Luego el desarrollo de tan ominosa película ofrecía un intervalo de sosiego, de paz hipócrita: el comercio establecido por los Paredes en la calle Larga; la existencia honrada, fértil y sin penumbras, vivida serenamente ante los ojos de todo el vecindario: el hombre que no bebe, ni juega y se acuesta temprano; la mujer, casera, dedicada absolutamente á la crianza de sus hijos, como si quisiera ir borrando con la santidad de aquel amor las torpezas escandalosas de su juventud. Hasta que, de súbito, sin razón ostensible, el espectro del crimen reaparece para arrojar á tres niños bajo las ruedas de un tren. ¿Por qué aquel triple infanticidio? ¿Qué espíritu infernal necesitaba, para encalmarse y ser propicio, la ofrenda de aquella sangre inocente? ¿Asesinando á sus hijos cumpliría Rita Paredes algún voto?...
Durante las primeras sesiones, los procesados se mantuvieron inflexibles en las posiciones que cada cual había elegido. Rita ratificaba puntualmente sus declaraciones y acusaba sin piedad á su hermano. En cambio, Toribio lo negaba todo; pero como en sus careos con la mujerona se aturrullaba y contradecía, su situación era, por momentos, más falsa. Vicente López se disculpaba diciendo que, efectivamente, él quiso llevarse á Buenos Aires á su hijo Deogracias y á Rita, pero que no comprendía por qué ésta asesinó á sus otros hijos, ni cómo pudo llegar á tan desaforado extremo de sevicia.
Fernández Parreño y su colega don Dimas Narro, don Ignacio, don Isidro Peinado, alcalde de Puertopomares cuando ocurrió la muerte del señor Frasquito, y otros muchos vecinos, fueron reclamados como testigos por la Audiencia de Salamanca. Sus declaraciones no aportaron luz ninguna al proceso, pero sirvieron para exacerbar la pública inquietud. Los comentarios se multiplicaban hasta lo infinito; á Epifanio Rodríguez, el estanquillero, le arrebataban los periódicos de las manos.
En el Casino, en la Fonda del Toro Blanco, alrededor de las mesas del Café de la Coja, bajo el emparrado tendido, á modo de visera, ante el Parador del Sol, en los bancos de la Glorieta del Parque, donde se reuniesen cuatro ó cinco personas, siempre había una dispuesta á leer en alta voz las largas informaciones que cotidianamente la Prensa salmantina consagraba al crimen de los Paredes. Las tertulias tenían un interés nuevo; los circunstantes revisaban todos los incidentes de la vista, glosaban las declaraciones de Rita, elogiaban las argucias, emboscadas y ágiles taimerías del fiscal. En el Casino, donde, según costumbre, Martínez era el encargado de leer los periódicos, reinaba expectación indescriptible. Cuando el veterinario se colocaba las gafas sobre la nariz y cogía la Prensa, apagábanse todos los murmullos del salón, las conversaciones cesaban, los jugadores de billar dejaban sus tacos. Rodeando la mesa que ocupaban don Ignacio, don Juan Manuel, Fernández Parreño y otros amigos, los oyentes se oprimían. Cada cual cogía una silla y se aproximaba procurando no hacer ruido. Sobre el fondo claro de los muros, bajo la luz alechigada de las lamparillas eléctricas, únicamente Teodoro, rígido y vestido de negro, las manos atrás y la servilleta al hombro, permanecía de pie. Su cabeza pálida, cubierta de cabellos erectos y rubios, cortados según la moda francesa, parecía de oro.