Los diarios de aquella noche publicaban los incidentes de la cuarta sesión. Don Ignacio Martínez, que acababa de beber una copita de coñac, se limpió los labios con la mano, paseó por su auditorio una mirada satisfecha, y empezó á leer:
«A las dos en punto comienza la sesión. La tribuna pública rebosa gente; los curiosos se oprimen, se lastiman y con el ahinco de ver se ponen de puntillas y estiran el cuello. La temperatura es sofocante; el señor presidente manda abrir una ventana y la orden es recibida con murmullos aprobativos. Suena una campanilla y el silencio se restablece. Por una puerta y entre guardias aparecen los procesados: primero, Rita Paredes; luego su hermano, Toribio Paredes; detrás, Vicente López. Los tres ocupan el banquillo de los acusados. Rita pide la quiten las esposas, á lo que el señor presidente del Tribunal accede. Lo mismo hacen con Vicente y Toribio. Este no dice nada; hállase muy abatido y no levanta los ojos de la alfombra. Vicente López, en cambio, mira al público con descaro y sonríe á los periodistas.
»Empieza el interrogatorio. A una invitación del señor presidente, Rita Paredes se levanta. Parece más alta, más flaca, más angulosa, que nunca. Sus brazos descarnados forman, con la línea de los hombros, un ángulo recto.
»Fiscal.—Veamos, Rita: el Tribunal está muy satisfecho de usted porque, desde los primeros momentos, usted se ha manifestado decidida á ayudarle en sus pesquisas. Pero, aun no hemos llegado al fin. Entre las declaraciones de usted y las de su hermano, hay divergencias que la Justicia necesita precisar y aclarar. Debemos, pues, insistir sobre ciertos puntos ya discutidos. Usted ha dicho que á Frasquito Miguel le mataron entre usted y su hermano Toribio. ¿Es esto verdad?
»Rita.—Sí, señor.
»—¿En la comisión del asesinato no les ayudó nadie? ¿No tenían ustedes algún cómplice?
»—No, señor, ninguno.
»—Su hermano Toribio dice que la noche de autos, cuando él regresó del Café de la Coja, ya de madrugada, vió á un hombre que salía corriendo de casa de ustedes, y que en aquel individuo creyó reconocer á Vicente López, el Charro, antiguo amante de usted.
»—Es mentira.
»—Fíjese usted bien. Acerca de este punto, el Tribunal necesita hallarse perfectamente informado. Mida usted bien sus palabras. Echaría usted sobre su conciencia una responsabilidad gravísima, si, por favorecer á la persona que ama, acusase usted á un inocente.