»—He dicho la verdad.
»—Usted, con sus palabras, no ha sabido infundirnos esa convicción. Nadie comprende que Toribio Paredes, quien, según declaración de diversos testigos, parecía profesar á su cuñado morganático sincero afecto, de pronto se concertase con usted para asesinarle. En cambio, hallo muy verosímil que usted y Vicente López, el padre de su primer hijo y, según indicios, el hombre á quien usted ha querido más, decidiesen matar á Frasquito Miguel para robarle y con su dinero huir á Buenos Aires. El tiempo que dejaron ustedes transcurrir entre la perpetración del delito y el día de la fuga, no significa nada, ni pesa nada en el criterio del Tribunal; es, sencillamente, un ardid empleado por ustedes para eludir sospechas.
»(Hay un silencio. Toribio Paredes permanece inerte, la barbilla sobre el pecho, los ojos apagados. Parece sordo. Vicente López se rebulle en su asiento y hace con la cabeza enérgicos ademanes negativos. Uno de los guardias que le custodian le toca en la espalda y por señas le ordena que observe más circunspección y mesura. El Charro suspira y se encoje de hombros).
»Fiscal.—¿Qué responde usted, Rita, á lo que acabo de decir?
»Rita.—Ya lo sabe usted. Mi hermano miente. La noche del crimen Toribio no salió á la calle, y de consiguiente nadie pudo penetrar en casa á hurtadillas suyas. Además, en aquella época Vicente López no vivía en Puertopomares.
»—¿Dónde estaba?
»—No lo sé; no nos escribíamos. Habíamos reñido y hacía años que yo no tenía noticias de él.
»(El abogado de Toribio Paredes pide autorización para dirigir á la acusada una pregunta. El Tribunal consiente).
»El señor García Pérez.—¿Cómo explica entonces la acusada que, apenas asesinado el señor Frasquito Miguel, resucitase en Vicente López el cariño hacia ella? Yo invito á la Sala á fijarse en la extraña concatenación de estos hechos. Hay entre ambos una derivación perfectamente lógica. A mi juicio, si Vicente López no es el ejecutor del crimen, fué, cuando menos, el agente moral, el inspirador; su repentino amor á la acusada sólo se explica por el deseo de apoderarse del dinero de la víctima. Es cuanto tenía que decir.
»El señor Bastín, defensor de Vicente López, exclama: