»—¿Y su hermano?
»—También.
»(Toribio Paredes hace, con gran energía, ademanes afirmativos. Una ola de sangre arrebola su rostro; tiene las mejillas encendidas y la estrecha frente cubierta de sudor. Vicente López guarda la actitud reconcentrada y absorta del hombre que busca un recuerdo muy olvidado, muy hundido, en el subsuelo de su conciencia).
»Fiscal.—¿Dónde veía usted á ese don Gil Tomás?
»—En mi casa. Es decir: yo no le veía en ninguna parte. Yo le veía y hablaba con él, pero era en sueños».
Al llegar á este punto don Ignacio Martínez, que, no bien leyó el nombre de don Gil, había comenzado á dar muestras de agitación, tiró el periódico sobre la mesa y empezó á morderse el pulgar derecho. En su rostro, crispado por una terrible emoción, los ojos pequeños y redondos ardían y quemaban como brasas. Los circunstantes se miraban atónitos. Con ser enorme la sorpresa que les produjo la acusación lanzada por Rita Paredes contra don Gil, no era tan fuerte como la que acababa de sugerirles la insólita actitud del señor Martínez.
Don Juan Manuel le interpeló:
—¿Qué le sucede á usted? ¿Está usted enfermo?...
Fernández Parreño miraba al veterinario fijamente, recelando ver en su semblante síntomas de congestión. Varias personas se habían puesto de pie, y la cabeza rubia de Teodoro adquirió repentinamente la blancura del miedo. Hubo un silencio lleno de interés, de emoción, de solicitud. Don Ignacio, callado, continuaba mordisqueándose las uñas con tan sañudo ahinco, que era milagroso que la sangre no hubiese corrido ya. ¿Por qué aquel furor caníbal? Algunos recordaron la fiel observación de don Valentín: «Hace mucho tiempo que don Ignacio no se muerde otras uñas que la de sus pulgares...»
Don Elías tocó ligeramente en un brazo al señor Martínez.