—Creo lo mismo.
—¿Estará ese hombre enamorado de mí? Hay en todo esto como una brujería.
—¡Quién sabe!... Tal vez...
No hablaron más y durmieron sosegadamente hasta el otro día.
A la mañana siguiente corrió por el pueblo la noticia de que el hombre pequeñito había muerto. Sus criadas, cuando fueron á llevarle el desayuno, le hallaron tendido en su cama, frío y blanco. Los médicos á quienes el juez, don Niceto Olmedilla, encargó reconocer el cadáver, no hallando en éste nada anormal, certificaron que don Gil había fallecido de un derrame seroso. El parte facultativo añadía que la muerte debió de ocurrir aquella madrugada, entre cuatro y cinco...
Madrid, Junio 1914.
FIN