—No dijo palabra don Gil, ni yo me incomodé en preguntarle á qué venía, pues en su frente, como en un libro, leí su intención. De un brinco le salí al encuentro; recuerdo que por ese lado, por la derecha, y me abalancé sobre él.

—Es verdad. Yo le había hecho señas de que se fuera, para que tú no le vieses, pero no me entendió.

—Luchando á brazo partido caimos los dos al suelo; mas él quedó debajo, y yo, teniéndole bien sujeto con mis rodillas, empecé á estrangularle. ¡Ah, qué placer, cuando le cogí por el cuello, sintieron mis manos!... El perneaba, quería morderme, luego me pareció que vidriaba los ojos...

Doña Fabiana interrumpió á su marido.

—Sí, sí... ¡qué espanto! Todo eso lo he visto yo... ¡lo juro!... lo he visto... ¡lo he visto, como si realmente hubiese sucedido!... Entonces fué cuando di un grito y la niña me despertó.

—Indudablemente—repuso don Ignacio—porque yo oí ese grito y tu figura empezó á desdibujarse hasta desaparecer.

—¿Dejaste de verme?

—Completamente; y entonces oí tu voz y desperté.

La señora de Martínez, devotamente, tornó á persignarse.

—¡Ay, Ignacio!... Tengo un miedo horrible. Yo juraría que, hace unos instantes, el alma de don Gil Tomás ha entrado aquí.