En un reloj lontano sonaron las cinco. El veterinario sintió que algo viscoso, frío, como una mano muerta, recorría su espalda. Efectivamente, había en aquella coincidencia un soplo sobrenatural, un estremecimiento de otra vida. Prosiguió:

—Nosotros nos hallábamos acostados aquí, tú á mi derecha, según estamos ahora, cuando ese hombre llegó. Le encontré un poco raro: el semblante más flaco, más amarillo; el resto del cuerpo no se distinguía bien... parecía borroso... ¿Le soñaste tú así?...

—Lo mismo—repuso doña Fabiana, persignándose—; lo mismo...

—Entró deslizándose por entre ambos batientes de la puerta...

—Eso es.

—Y avanzó por detrás de la butaca...

—Exacto.

—Hasta detenerse á los pies del lecho de la niña...

—Exacto, justo—repetía doña Fabiana que sentía helarse su carne de pavura.

Continuó don Ignacio: