—¿Tienes sueño?
—No. Habla bajo, no despierte la niña.
—Oye...
Ella, despacio, muy despacio, para no hacer ruido, volvióse de cara á su marido. Agradecíale aquel ratito de conversación, pues tenía miedo. Le abrazó bajo la suave tibieza de las mantas. El prosiguió, hablando casi con el aliento:
—Acabo de pasar un rato malísimo. ¿Sabes lo que soñaba?... Pues que don Gil Tomás, enamorado de ti y creyéndome ausente, había entrado en este cuarto á seducirte.
Precipitadamente doña Fabiana hubo de meterse un trozo de sábana en la boca para sofocar un grito.
—¡Ignacio!—balbuceó la mujer, empavorecida—Ignacio... ¿Qué es esto?... Yo he soñado lo mismo.
El señor Martínez empezó á temblar.
—¿Es posible?
—Sí.