Suspiró el señor Martínez y demostró haber hallado su conciencia.

—¡Sí...—dijo—qué horror!... Es verdad... ¡Estaba soñando!...

La voz de la niña vibraba implorante y llorosa:

—No sueñes, papá; me das miedo.

—No, hija mía...

—Me das mucho miedo; me parece que te has muerto y después de morirte hablas.

—Tranquilízate: es que me había acostado del lado izquierdo. ¡Ya todo pasó!... Ea, duerme. Hasta mañana.

Antoñita se acostó, hundió en las blanduras de la almohada su cabecita rubia y, ganada por el grato calorcillo del lecho, tornó á dormirse. Doña Fabiana apagó la luz. Hubo un largo silencio. Luego, muy quedamente, llamó don Ignacio.

—Fabiana...

—¿Qué?