—Sí—repitió—estaba soñando... ¡Gracias á Dios, todo es mentira!...
Don Ignacio también comenzó á removerse; forcejeaba y por entre sus dientes se escapaban palabras inarticuladas y resoplidos de coraje. A su vez, doña Fabiana tuvo miedo de aquella voz que parecía venir de otra vida. Encendió luz.
—¡Ignacio!...
Volvióse hacia él, tocándole en la cara nerviosamente.
—¡Ignacio!... ¿No oyes?... ¡Ignacio!... ¡Ignacio!...
Antoñita, de rodillas en su cama, los brazos extendidos y suplicantes, las cejas llenas de aflicción, repetía:
—¿Qué tiene papá?... ¿Qué le sucede?...
El veterinario tardó en recobrarse. Al cabo abrió los párpados, y había en su rostro la angustia del náufrago que vuelve á flor de agua tras de una larga inmersión. Estaba fatigadísimo y alentaba con trabajo; la violencia de las palpitaciones de su corazón le sofocaban. Sus manos, apretadas una contra otra, parecían oprimir algo...
Doña Fabiana repetía:
—Ignacio, tienes una pesadilla... ¿Oyes?... Tienen una pesadilla... ¡Despierta!...