—No, pero sí lo que tú contestabas. Tu decías: «No puede ser; eso no puede ser».

—Así le repliqué, en efecto... porque don Gil pretendía que entre tú y yo matásemos á Frasquito. Porfió mucho. «Yo me encargo—añadía—de que nadie lo sepa; pues si el juez sospechase de vosotros, yo iría por las noches á su cama, y en hallándole dormido, le quitaría esa idea...»

En el supremo interés de un silencio, Rita Paredes dejó caer estas palabras terribles:

—También á mí muchas veces, en sueños, don Gil Tomás me aconsejó lo mismo. Dice que Frasquito Miguel tiene mucho dinero.

La cabeza roja de Toribio palideció, y en su repentina lividez las pecas bermejas de las mejillas se acentuaron y dieron al rostro insana expresión.

—¡Ah!... ¡Tú lo sabías!...

—Dice que el dinero lo esconde en el patio.

—¿Entre las raíces del chopo?

—Eso es; y que lo tiene metido en tres grandes orzas.

—En tres grandes orzas verdes.