—Justo, hermano; ¡hasta el color!...

Cuchicheaban presurosos, arrebatándose mutuamente las palabras de los labios, trémulos de codicia. Rita habló de aquel temblor amarillo y amorfo que momentos antes vió ir desde la ventana al cuarto de Toribio, y éste ratificó sus declaraciones. Sus ojos volvíanse automáticamente hacia la puerta de salida.

—Al marcharse don Gil—exclamó—quise preguntarle algo que ahora no recuerdo, y para alcanzarle me tiré de la cama. Fué entonces cuando tú me detuviste, preguntándome adónde iba y si estaba soñando. Dormido me hallaba, efectivamente: pero despierto y bien despierto y con toda la luz del sol encima, considero imposible ver las cosas mejor de cómo yo las veía; y así, aun después de reconocer que toda mi conversación con ese hombre fué obra de embeleco y pesadilla, para cerciorarme más de ello salí á la calle. Llegué hasta la casa de don Gil, y anduve examinando los balcones por si en alguno de ellos había luz. Mas todos estaban oscuros y la verja del jardín cerrada con llave, como siempre...

De la maravillosa avenencia y exactitud de sus ensueños dedujeron ambos hermanos la existencia incuestionable de un tesoro; y que dicha fortuna, que debía de ser cuantiosa, el señor Frasquito la guardaba allí mismo, metida en tres magníficas orzas verdes, bajo las raíces del chopo legendario. Ni un momento detuviéronse á pensar que el motivo probable de aquella comunidad de alucinaciones fuese la ardiente fe que los dos tenían en la riqueza del señor Frasquito; tampoco les alarmó el interés, al parecer injustificado, de don Gil, en despojar al antiguo contrabandista de sus riquezas y hasta de la vida, para beneficiarles á ellos. Su avaricia desbridada de súbito por la proximidad del oro, todo lo juzgaba llano y fácil. Viejo y medio baldado Frasquito Miguel, ¿para qué iba á vivir más? Y, considerando su innoble afición al alcohol, vicio que, día por día, exaltaba su degradación y embrutecimiento, desembarazarle de la existencia era un crimen tan oportuno, tan de justicia, que casi tenía el perfil de una caridad.

Los dos hermanos seguían agitando en silencio la hórrida tiniebla de sus instintos, y sus torvos magines caminaban tan paralelamente, que cada cual veía reflejarse sus propias ideas en los ojos crueles del otro. Asesinar á Frasquito, pero de modo que nadie lo supiese, robarle y en seguida huir del pueblo. ¿No dibujaban estas tres afirmaciones una línea recta, fácil y de absoluta lógica?... Nuevamente Rita y Toribio Paredes volvían á reunirse en el espanto de los mismos propósitos, concatenados siempre, á despecho del sexo y de los años que anduvieron separados, por el genio sanguinario de su infame raza. Allí estaba el estigma, la herencia, que convierte al pasado en futuro, y lo instituye inmortal. En la realidad, como en el mundo de lo soñado, sus espíritus marchaban sobre los mismos fangales. ¡Oh!... ¿Por qué el Azar no les habría permitido aliarse un poco antes?...

El rumor de unos pasos inseguros y tardos, que acababan de sonar en la calle, delante de la ventana, interrumpió la conversación. Llamaron á la puerta y Rita salió á abrir. Era Frasquito Miguel. Representaba cincuenta y tantos años: era de mediana estatura, el busto delgado y ancho, las piernas débiles; sobre el tinte bronce de la piel, sus viejos cabellos tenían una albura brillante de plata. El rostro afeitado, expresaba cobardía y humildad.

—Buenas noches—murmuró.

Según costumbre, el señor Frasquito iba borracho. Sin mirar á sus familiares, muy rígido, para guardar mejor el equilibrio, el paso corto, el sombrero sobre las cejas, dirigióse hacia su habitación. Como nadie contestase á su saludo, repitió:

—Buenas noches.

—Buenas noches—dijo Toribio entre dientes.