Cuando don Gil Tomás llegó á Puertopomares, seis ó siete años antes, la expresión estática y punzadora de su rostro astral, atrajo la curiosidad de cuantos ociosos había en el andén. Todos miraban sorprendidos aquella cabeza robusta sembrada sobre un tórax raquítico que apenas alcanzaba á la ventanilla del vagón, y creyeron pertenecía á un individuo excesivamente alto y flaco, que iba sentado; la general expectación trocóse en estupor y sonrisa, al abrirse la portezuela y resultar que la persona á quien tan descomunal cabeza correspondía, estaba de pie. Sin embargo, ni aun entonces la figura del hombrecillo fué objeto de mofa. Algo magnético le nimbaba y defendía como una armadura, y todos los vecinos, tácitamente, experimentaron su imperio. Con don Gil caminaba un enigma, y su mirar helado, turbio, sin parpadeos, como el de los ojos de cristal, descendía á lo más hondo. ¿Hubo nunca nada más sospechoso, más inquietante, que un hombre serio y pequeñito?...
Meses después, el forastero compró un hotelito en el Paseo de los Mirlos, esquina á la Glorieta del Parque, y ello esclareció su nombre y sirvióle de recomendación. Quien más, quien menos, todos procuraban abordarle, y á excitar este deseo contribuía el mismo perezoso interés que él demostraba en rodearse de amigos. Al cabo, don Gil fué una de las personalidades más notorias de la población: su aire reservado, sus rentas, que le permitían vivir holgadamente mano sobre mano, la circunstancia de no tener deudos y aquella facilidad con que, cual por arte de embeleco ó sugestión, supo convertir en coimas á las dos lindas mozas que tomó á su servicio, sirvieron á su alfeñicada figurilla de plataforma. Al contrario de lo que sucede á muchas personas, que se desprestigian según de más cerca se las trata y conoce, aquel hombre pequeñito y hermético, enaltecía sus méritos cuanto mejor se mostraba. Sus sombreros hongos, muy encajados sobre el occipital y siempre estrechos para cubrir el hinchado desarrollo de la frente, el secreto de los labios sutiles, la delgadez dantesca de la nariz, la distracción perpetua de los ojos que parecían constantemente abiertos sobre el panorama de otra vida, la frialdad de sus actitudes, lo apaciguado de su caminar, rasgos y perfiles excelentísimos eran capaces de resistir el más descontentadizo análisis. Las gentes, sin razón ninguna, le admiraban, y por instinto le temían. Gracias á esta alabanciosa unidad de criterios, llegó á ser «una de las cosas» más notables de Puertopomares; se hablaba de él como de algo peregrino y selecto; se le celebraba, se aseguraba que su carácter y condiciones eran dignos de estudio, y todas sus palabras revestían importancia. Su fama igualó y hasta nubló un poco la del viejo castillo. Cuando algún forastero llegaba al pueblo, sus acompañantes le decían:
—Antes de que se marche usted queremos presentarle á don Gil Tomás. Seguramente no ha visto usted otro tipo tan raro. Es un hombre pequeñito, de color de boj, que no ha reído nunca...
A propósito de él é inspirándose en la brevedad de su nombre, don Juan Manuel tuvo una frase feliz:
—Me da la impresión—había dicho el diputado—de un monosílabo.
Esa inevitable concatenación entre los rasgos anatómicos y morales de cada individuo, resplandecía acentuadamente en don Gil, quien, dócil á la ley común, sumaba á su extravagante complexión y amarillez, otra anomalía de orden metafísico. Aquel hombre pequeñito escondía un misterio brujo y pavoroso; un enigma cuya virtud teúrgica el vulgo sagaz, aunque sin comprenderla, había adivinado.
Don Gil Tomás era natural de Puertopomares, de donde salió muy niño, y su madre, muriendo al darle á luz, pareció imprimir á su vida un sesgo trágico. Dos años más tarde su padre sucumbió á mano airada, sin que nadie pudiese averiguar quiénes fueron sus matadores, pues del número y clase de heridas que recibió la víctima dedujeron los peritos que debían los asesinos de ser dos, cuando menos. Al lado de su abuelo materno primero, y de un hermano de su padre después, pasó don Gil su adolescencia. Para ofrecer á la vanidad de sus deudos un título académico, cursó en Salamanca la carrera de Derecho, pero considerando la insignificancia cómica de su figura, no quiso abrir bufete ni casarse, y dedicóse con resignación y humildad ejemplares al cuido de su hacienda.
Esta vida de concentración y retraimiento, sirvió para dotar á su espíritu de estupendos y hechiceros vigores. Ya en los términos de la segunda juventud y sin motivo ostensible ninguno, experimentó su actividad cerebral una desviación peregrina. Apenas dormido, á su idiosincrasia cotidiana, apacible é isócrona, sucedía otra voluntad aventurera, peleadora y errante. Separada del cuerpo, su alma sabática corría libremente, multiplicando á capricho sus amoríos y sus viajes. Todos los furores sexuales represados por la insignificancia bufa de su figura en las horas de vigilia, reproducíanse con exasperadas vehemencias bajo la generosa égida del sueño. Entonces su espíritu ardía, tostábase y devorábase á sí mismo, como en una llama. Una clarividencia superhumana inundaba de luz sus potencias más nobles. Todo lo veía con mayor nitidez, y su facilidad para inmergirse en lo pasado, permitíale luego aventurarse y predecir con rara exactitud lo futuro. Dormido don Gil era inteligentísimo, elocuente, impulsivo, insaciable en sus determinaciones y apetitos, y no había diques, ni cerrados lugares, ni voluntad capaces de resistir á las apremiantes sugestiones de su deseo: en sueños el discutía con los hombres, les arrancaba sus secretos más ocultos, les dirigía, les imponía sus propósitos, y si le eran agradables les inspiraba ideas que más adelante, en el transcurso de los días vulgares, parecían surgir naturalmente del limo de sus cerebraciones inconscientes para convertirse en acción y provecho; él, finalmente, hallábase presente á todas las conversaciones, y horro de escrúpulos deslizábase lascivo y sultán en el lecho de cuantas mujeres hermosas, casadas ó doncellas, vió y apeteció en la calle.
Resucitaba don Gil la leyenda de los terribles vampiros, siempre prepotentes, sombras de muertos que, según la cosmogonía egipcia, acudían á disfrutar carnalmente de los vivos. Era el sabat, la epilepsia sexual que alimentaba el frenesí de la misa negra, la encarnación del deseo inmortal, del dios Deseo, insatisfecho perpetuamente. Era el brujo, que reía en el espanto de la Edad Media, y en su cuerpo mezquino vibraba, semejante á un imperativo específico inexorable, los millones de amores fracasados, de apetitos incumplidos, de sus progenitores. A tanto abarcaba el nocturno ambular de don Gil: y, á la mañana siguiente, nada: la inacción otra vez, la somnolencia de un vivir ocioso, la fealdad de su cuerpecillo enano, sobre cuyo semblante absorto, el cansancio de lo soñado iba añadiendo, día por día, una amarillez nueva...
Esta doble vida de la que, al despertar, no tenía conciencia, este agudizado instinto de lo arcano que le erigía en gnomo del misterio, permitiéronle descubrir los pormenores que rodearon el sangriento fin de su padre. La revelación, venida inesperadamente del mundo de las sombras, del mar sin orillas del eterno enigma, donde aguarda la muerte, realizóse durante el hórrido filar de una pesadilla.