Las denominadas ideas-imágenes ofrecíanse en el curso de aquel ensueño con espantosa limpidez: paisajes, figuras, conversaciones, hasta los pensamientos que no llegaron á traducirse en ademanes, ni siquiera en palabras, todo adquiría en la imaginación del dormido perfiles terminantes.

Soñó, pues, don Gil, que una tarde, su padre regresaba á Salamanca llevando consigo una fuerte suma ganada en el juego, vicio al cual el buen don Alonso rindió siempre pleitesía apasionada. Iba el pobre caballero, que á la sazón frisaba en los cincuenta años, gineteando una mula de muy rebelde y alborotadiza condición. El dormido dábase cuenta precisa de la hora crepuscular en que acaeció el lance: la color del cielo, el aspecto del campo, las ondulaciones del camino solitario, abierto entre boscajes de copudos castañares y de alisos. En un recodo umbrío, al lado de una fuente, Frasquito Miguel y su hermano Antonio esperaban á don Alonso con propósito de robarle y, por consiguiente, de asesinarle, pues no era el castellano hombre que mansamente se dejase desposeer de lo suyo. Al verle llegar, Frasquito Miguel, que le conocía mucho, salióle al encuentro, saludándole con señalada reverencia, y so pretexto de preguntarle el domicilio de cierta persona amiga de entrambos. Amablemente don Alonso detuvo su cabalgadura, y como fuese un poco fatigado, desestribó el pie izquierdo y sentóse á mujeriegas, la pierna de aquel lado puesta sobre el arzón delantero de la silla. En tal instante Antonio, que se había escondido tras unos árboles, disparó su escopeta contra el descuidado caballero, quien gravemente herido en la nuca cayó al suelo, donde Frasquito Miguel le remató á cuchilladas y desfigurándole de manera que costó después gran trabajo identificar el cadáver. Despojada la víctima de su dinero, los matadores huyeron, internándose en Portugal y sin dejar rastro de su fechoría.

Varias noches consecutivas soñó don Gil la misma escena, pero su intensidad era tan penetrante y dolorosa y removía con tal fuerza sus nervios que le despertaba, y así la truculenta película quedaba rota. Hasta que la repetición casi cotidiana de aquella pesadilla, desimpresionándole un poco, permitióle seguir adelante. Acompañó á los foragidos en su éxodo, vióles repartirse lo robado y emprender, unas veces en Portugal, otras en España, diversos negocios. Falleció Antonio Miguel de muerte natural en Coimbra, y su hermano Frasquito quedó sujeto á la vigilancia vengativa de don Gil. El alma del hombre pequeñito le sugirió, para perderle, el proyecto del matadero clandestino; luego iba á visitarle á la cárcel, atormentándole con infernales pesadillas, y más tarde asistió á los lances de contrabando, en los cuales, bien á despecho de su invisible enemigo, el señor Frasquito acrecentó su fortuna. Durante años, á lo largo de los caminos unas veces, otras en los dormitorios de las posadas, el esforzado espíritu del hijo de don Alonso, acompañó al criminal. El bujero llegó á sentir en torno suyo la presencia de algo adverso, y tuvo miedo; comprendíase expiado y adquirió la certidumbre de que el magnetismo de una voluntad enemiga le envolvía; de esto nació aquella costumbre de encerrarse con llave para dormir, de que Toribio y Rita Paredes diversas veces habían hablado.

La acción demoledora del tiempo, con alcanzar á tanto, no gastaba los caudales de odio que don Gil Tomás llevaba consigo; y á este rencor, estéril pues que no rebasaba los límites de lo subconsciente, obedecía la palidez alimonada de sus mejillas, el estupor constante y la expresión de frialdad y lejanía de sus ojos, la sobriedad esquiva de su trato, su aire siempre distraído y toda aquella emoción de pesadumbre y silencio, en fin, semejante á un vaho, que irradiaba su diminuta persona.

Tantas tempestades secretas no fueron, sin embargo, infructuosas: algo trascendió de ellas, algo dejó aquel hondo oleaje de rencores en las playas tranquilas de la conciencia; y fué que don Gil, sin conocer personalmente al señor Frasquito, experimentaba la necesidad de no separarse de él. Todos sus traslados y mudanzas respondían á esta causa ignorada. Así, mientras Frasquito Miguel estuvo en Badajoz, allí vivió don Gil; y cuando el bujero alzó su tienda bohemia para trasladarse á Avila, don Gil, sin saber por qué, comenzó á aburrirse en Badajoz y á pensar que en la ciudad de Avila viviría mejor. Sus amigos, sorprendidos de aquellas aficiones vagabundas, solían preguntarle:

—¿Por qué viaja usted tanto?...

El hombre pequeñito lo ignoraba.

—Es que me canso—decía—de ver siempre los mismos objetos: necesito variar...

Pero esta inquietud, esta avidez espiritual, no existían. En realidad era la atracción del señor Frasquito, lo que tiraba de él.

La aparición de don Gil en Puertopomares, acaecida un año después de instalarse allí Frasquito Miguel con los hermanos Paredes, señaló en la vida moral más íntima del vecindario un grave trastorno. La figura del enanito, vestido de negro, con su cabeza amarilla y sus calcetines blancos asomando entre el zapato y la fimbria del pantalón, impresionaba fuertemente á las mujeres, de día, y luego las acompañaba de noche en su alcoba. En amor, lo horrible y lo hermoso suscitan emociones análogas, y acaso por hallarse el espasmo sexual tan cerca de la alegría de la Vida como del horror de la Muerte, lo muy bello puede inspirar ideas de castidad, y el asco, en cambio, trocarse en tumultuosa lujuria.