EL MISTERIO DE UN HOMBRE PEQUEÑITO
I
Mediaba la tarde cuando empezó á llover. La misma violencia inicial del aguacero, engañó á los vecinos; creían todos que el chaparrón, como de Mayo, amainaría pronto; pero no fué así, y la voz gradualmente más fuerte y cercana del trueno, y ciertas nubes grises, semejantes á columnas de humo, que velaban la crestería de los montes mayores, aseguraron la persistencia del mal tiempo.
Es Puertopomares un lugarejo salmantino de seis mil habitantes, situado en las ondulaciones menos ariscas de la fragosa sierra de Gredos. Hállase enclavado sobre el lomo de un altozano estrecho y largo, circuído por una breve campiña que, muy luego, arrepentida de su humildad apacible, trepa veloz y ambiciosa por todos lados hasta ser orgullosa montaña; y así el pueblo queda hundido en el centro de un anfiteatro ciclópeo alrededor del cual los altos cerros coronados de castañares, de alisos, de copudos tejos, de nogales y de chopos, componen fabulosas graderías. En aquel escenario abrupto, puesto á cerca de mil metros sobre el nivel del mar, los accidentes atmosféricos tienen energía extraordinaria: las nevadas son terribles, el calor asfixiante, las lluvias torrenciales y furiosas, y los vientos y el trueno suscitan en las concavidades graníticas de la cordillera ululeos y resonancias imponentes.
Y como la región, son sus habitantes: acaso un tanto imaginativos y movedizos en sus ideas, determinaciones y afectos; pero, llegado el caso, duros de voluntad, exaltados en sus deseos, en ofrecer y cumplir lo ofrecido, generosos é hidalgos, y, finalmente, nobles, sufridos y bravos, cual corresponde á la tradición, tantas veces centenaria, de la ejemplar Castilla.
La historia de Puertopomares es dilatadísima. Sus fundadores, gentes dedicadas al pastoreo y poco belicosas, quizás construyeron las primeras viviendas junto al río Malamula, que en todo tiempo corre cristalino como un llanto perpetuo de la sierra, y así parece indicarlo la vejez secular de aquellas edificaciones que hoy componen el arrabal ó extremo más miserable del pueblo. Después los aborígenes, hostilizados por tribus enemigas, debieron de sentir la utilidad defensiva del monte y á él subieron pidiéndole favor contra la desamparada mansedumbre de la llanura. Inconscientemente los siervos de la gleba buscaban un amo. Varios siglos pasaron. Dominando la parte más altiva hiciéronse al fin los muros aspillerados de un castillo románico, cuyos salones sirven ogaño de Casa Consistorial y de cuartel, y cuyas ruinas, fuertes todavía, constituyen la armazón ó esqueleto de todo el villorrio. Examinando su recia disposición, surgen á montones huellas de civilizaciones distintas. Los cimientos de la llamada Puerta del Acoso, y el formidable aparejo de la muralla que domina la parte Norte, son romanos. Algunos torreoncitos saledizos que interrumpen la sucesión de los merlones y de las almenas, señalan el paso de la época gótica. Más adelante la fábrica aborigen trocóse en alcazaba y los árabes dejaron en el remate de algunas barbacanas la gracia espiritual de su arquitectura. Posteriormente el feudalismo grabó el sello de su rudeza guerrera y sensual en la amplitud ecoica de las escaleras y de las cámaras. Todo allí interesa: cada piedra tiene una historia, cada puñado de argamasa una gota de sangre; el polvo que ensucia las botas del viajero, es ceniza de héroes.
Una piedra gerarca defiende todavía la memoria del caballero leonés don Fadrique Ballesteros de Guzmán, señor de Cantagallos y de Fuenfría, quien, bajo el tempestuoso reinado de Alfonso onceno, ganó el castillo de Puertopomares á la morisma. El escudo que ennoblece la Puerta del Acoso explica el recio temple de aquel hombre y los misterios de su linaje. Es tajado el escudo, y acreditan bastardía tanto el resalto de la línea transversal como la disposición del yelmo que lo cubre y se halla vuelto hacia la izquierda y con la visera baja, cual si quienes habían de llevarlo se avergonzasen de su origen. Un roble y un lobo empinante aseveran la elevación de ideas y el temerario coraje de don Fadrique, así como una mano dice su liberalidad hidalga, y las líneas verticales y horizontales que se entrecruzan en el cuartel inferior, su ascético silencio y la contenida aflicción de su ánimo.
De Ballesteros de Guzmán nada escribieron los cronistas de la época; quizás sucumbió oscuramente en la batalla del Salado, y otro señor, de nombre desconocido, le arrebató su feudo. La guerra contra la Media Luna proseguía implacable. Por tres veces, en menos de una centuria, los moros fronterizos recobraron el castillo, que por lo estratégico era muy codiciado, y otras tantas lo perdieron. Dos hermanos, don Jaime y don Siro, emparentados por la rama cognática con uno de los principales linajes de Aragón, aparecen allí más tarde, y sus crueldades, violaciones y rapiñas, siembran el espanto en la región. Menos sanguinarios son sus halcones. Huyen furiosos y cobardes los pecheros á otras tierras, y los señores bajan al pueblo libremente y cuentan por cientos sus barraganas. Una ola insultante de bastardía parece descender de la montaña.
Siglos después, la miseria que ocasionaron la expulsión de los judíos y la conquista de América, las invasiones extranjeras, las contiendas civiles, los años de paz con su abandono más funesto para las edificaciones marciales que la misma guerra, fueron arrancando piedras, resquebrajando bóvedas y arruinando poco á poco los muros hasta dar con varios de ellos en el suelo. Entonces fué cuando la gente pobre, los menesterosos del llano, se acercaron al titán, y perdiéndole el miedo comenzaron á quitarle lo que necesitaban para sus viviendas. Este llevábase unos sillares, aquél unos horcones ó unos azulejos, ó levantaba su casa afirmándola contra las adarajas de algún murallón; esotro pastor acotaba el extremo de una galería y en ella encerraba de noche su ganado. En invierno, muchos hampones se detenían allí y, sin reverencia, para calentarse, encendían hogueras. Había en esta expoliación pacífica una especie de aborrecimiento subconsciente, de odio atávico; el odio que dedican al recuerdo del amo, incendiario y violador, los hijos del siervo.