Por esta causa la vieja alcazaba subsiste mezclada á la vida de Puertopomares de manera tal, que imposible sería demoler una casa sin tropezar en ella con algún macho ó lienzo de pared, perteneciente al coloso. Hay zaguanes, verbigracia, de techumbre abovedada surcada por las nervaduras sencillas y escuetas de la primitiva arquitectura ojival; y cocinas, tiendas de comestibles y almacenes, cuyos artesonados exagonales conservan intactos los follajes y adornos del Renacimiento. Un salmer sirve de base á una escalera moderna. Una línea de dovelas, da á una bodega acceso suntuario. Subsisten arcos románicos enormes, tendidos á traves de cuatro y cinco casas. A veces, empotradas en una vulgar pared de ladrillo, grisean un trozo de arquitrave y algo del capitel de una columna hundida allí hace siglos. Insensiblemente la fábrica primitiva experimentó mutaciones incontables: la iglesia que comenzaron á levantar adosada á una muralla, se apoderó de un bastión mudéjar y con ciertos aditamentos lo cambió en torre; un primer reducto fué convertido más tarde en cárcel; un arbotante en el arrimo principal del edificio destinado á Casino, la crujía en callejón, la saetera en ventana, el foso en atajo, el temido ergástulo en bodega, y en desabrigada plazoleta pública la severidad del antiguo patio de armas. Los enormes sillares que el tiempo y los asaltos precipitaron desde los baluartes soberbios á las márgenes humildes del río, fueron aprovechados luego en la construcción de puentes, fábricas y represas. El cadáver del titán conserva todavía piedra suficiente para construir un segundo pueblo, y el de Puertopomares continúa robándole cuanta necesita. También le debe su fuerza centrípeta, la virtud coercitiva que parece sujetar inexorablemente sus casas unas á otras; á veces, registrando la secreta estructura de varias viviendas, la observación descubre, bajo una máscara reciente de cal y ladrillo, un trozo de bastión ó acitara que, semejante á un nervio, las sujeta á todas.
Las mudanzas de las civilizaciones y del tiempo, dieron al cerro de Puertopomares dos fisonomías perfectamente distintas. La parte Sur, que enfrenta la estación del ferrocarril, es más apacible; hay menos peñascales y los bosques de castaños y de fresnos muéstranse lozanos y tupidos; la hierba tiende su magia saludable por las laderas de los montes, y entre el silencio de la espesura virgiliana blanquean risueñas viviendas. Arriba, en las tardes de buen sol, el fenestraje arde con refulgencias cegadoras, las persianas verdean como pámpanos y los tejados son más rojos. Abajo, en el llano, los rieles del tren, abrillantados por el uso, ondulan con flexible gracia de serpiente ó de látigo; en las vías de descarga, vagones oscuros y herméticos, irradian la melancolía de su quietud. La estación es pequeña, tranquila y tiene un andén de arena, sombreado por algunos chopos, y una techumbre salediza. Desde allí al pueblo, á través de la umbría del bosque, cigzaguea un camino. Al pie del monte un túnel abre la tiniebla de su medio círculo, y luego, doblándose como un alfanje, pasa al otro lado; toda la pesadumbre, por tanto, del arruinado castillo, gravita sobre él. Los trenes que van á Salamanca cruzan el túnel, salvan el río por un puente muy alto de hierro y madera, y describiendo una curva se hunden en la sierra. Al desaparecer, súbitamente su estrépito se apaga.
Este lado Norte de Puertopomares, acaso por la mayor cólera de los vientos, es fosco, batallador, de una acritud estéril, hirsuta y primitiva. La tierra allí hízose roca. Abundan los yacimientos graníticos cortados á tajo y todo tiene el color oscuro de la piedra. Como la vertiente es rapidísima, el desmoronamiento y caída de los nobles muros belicosos debió de ser terrible. Muchos sillares, arrancados de los propugnáculos derruídos por el tiempo y las gestas, rodaron con tal ímpetu que pasaron el río y en la opuesta orilla se afincaron; algunos quedaron en medio del cauce y contra ellos el agua murmurante se rompe desde hace siglos; otros, detenidos milagrosamente en una quiebra de la ladera, permanecen inclinados sobre el abismo y todavía amenazan. Aquí y allá, en grupos, cual guerrilleros lanzados á la conquista de la gloriosa fortaleza, crecen frondosos árboles, y en el amplísimo telón verde de la pendiente numerosas casas, construídas tal vez en los mismos cimientos de alguna barbacana rota, ó sobre la sólida anchura de un adarve, levantan su alegría de hogar.
Arriba, en el fastigio ó acirate, y de Levante á Poniente, el lugarejo muestra la rusticidad abigarrada y guerrera de sus techumbres; entre todas componen un perfil jiboso, un lomo de camello. La calle Larga, donde estaban los principales comercios, la botica, el Casino y la Casa Correos, siguiendo el eje longitudinal del monte atraviesa el pueblo de Este á Oeste y constituye su espinazo; va desde la Puerta del Acoso á la Glorieta del Parque, cerca de mil metros mide y ocupa la parte culminante. Otras tres calles, las de Amor de Dios y Pozo de Don Ramiro, por la vertiente septentrional, y la del Sacramento, por el mediodía, le son paralelas, pero hállanse en niveles tan desiguales, que varias casas de planta baja de la calle Larga, en la de Amor de Dios tienen tres y aun cuatro pisos. Análoga desproporción existe entre la de Amor de Dios y Pozo de Don Ramiro, construída á trechos sobre los bloques antemurales más avanzados del castillo, por cuanto estas vías se encuentran, unas con respecto á otras, como los bancales en las laderas de los oteros y colinas. Las demás callejas son pequeñas y fueron abiertas de Sur á Norte, perpendicularmente á las ya citadas. La parte menos alta la integran las casucas edificadas fuera de la Puerta del Acoso, las cuales arraciman, barajan y confunden sus paredes y tejados cual si algún furioso terremoto las hubiese dislocado y revuelto. Son las más humildes, las más viejas, y señalan el camino por donde la gente de la tierra baja trepó á la montaña. Surgen después á intervalos algunos largos retales de la antigua muralla, todos tiznados por el tiempo y cubiertos de muérdago y de hiedra; y á continuación, interpolado pintorescamente á las reliquias del muerto castillo, el pueblo: un caserío original de contextura arbitraria, de balconajes volados y grandes como galerías, de espadañas tristes y sutiles, de hostigos cubiertos de tejas, de fachadas arlequinescas ensuciadas por la ventisca y las nieves, que le dan un aspecto triste, una tonalidad severa y medioeval nunca comparable, ni aun en los limpios días del verano, á la pinturería reverberante de las ciudades andaluzas.
Aquella tarde de Mayo llovió como en los días peores del invierno. En la lejanía plomiza, las montañas y las nubes se emborronaban; un relámpago que fingió piruetear de un cerro á otro, bañó el espacio en vivísimo resplandor, y casi simultáneamente la voz abracadabra del trueno tableteó horrísona en los arcanos serrinos; los ecos se devolvían aquel atabaleo trágico que resonaba de valle en valle, de gollizo en cañada, como el gorgoteo de un intestino lapidario. Enojóse el Malamula con el aguacero, y su musiteo tornóse rumor de amenaza. El viento dormía y en las calles desiertas, lavadas, escurridizas y pendientes, sólo vibraba el acorde monorrítmico del chaparrón semejante á un siseo continuado, á una orden de silencio. El agua salióse de los alcorques, y desbordándose de las canales caía ruidosamente sobre las aceras; grandes manchas de humedad oscurecían las fachadas; por las viejas troneras, por las grietas de los arruinados paredones, la lluvia torrencial filtrábase bordando brillantes arabescos. Desde los anchos balcones, de renegrida horconadura, y á través de los cristales, mujeres de mejillas flacas color cera y de ojos intensos y negrísimos, mujeres de labios finos y cabellos lustrosos peinados simétricamente sobre la frente, mujeres resignadas de Castilla, hacían labores que, á intervalos, interrumpían para signarse y mirar al espacio. Ni un transeunte, ni un pregón, ni un ruido; únicamente el susurro de hervor del tenaz y caudal aguacero respondiendo al sollozo profundo del río. Hasta el martillo de don Ignacio, el veterinario, reposaba. Feas, aturdidas, caladas, tristes, muchas gallinas se habían buscado un refugio en el quicio de las puertas, contra los batientes cerrados. Por las calles mejores y más aun por los pasadizos dispuestos, para mayor comodidad de los viandantes, en forma de escalera, el agua descendía impetuosa, espumeante, cobrando rumores de torrente al despedazarse contra los guardacantones de las esquinas. A poco levantóse el viento y su furia arrancó á las encrucijadas temerosas estridencias; la lluvia convirtióse en granizo y una nueva melancolía aceleró la rapidez gris del crepúsculo; bajo tan densa brumazón el caserío de Puertopomares, con la plateresca disonancia de sus espaciosos aleros, de sus balcones largos y saledizos, capaces de ensombrecer una fachada, y de sus calles tortuosas y sin gente, tenía la muda desolación de una aldea abandonada.
Sólo una voz implorante y sin timbre rompía de cuándo en cuándo la quietud de la calle Amor de Dios. Era la del tonto Juan Ramos, llamado Ramitas, que lloraba porque la dueña del Café de la Amistad no le había permitido entrar en su establecimiento. Ramitas, hemiplégico del lado izquierdo, arrastraba una pierna al andar y tenía un brazo encogido y con el codo vuelto hacia afuera. Iba sin sombrero. Su rostro joven, mojado por la lluvia y las lágrimas, chorreaba mugre. Desde los zaguanes algunos chiquillos gritábanle burlones y crueles:
—¡Tonto Ramitas!... ¡Eh!... ¿Te han pegado?...
El idiota volvía la cabeza. Acaso comprendía su abandono, su desgracia que á nadie inspiraba piedad, y prorrumpía en llanto amarguísimo. Mojado hasta los huesos, intentaba refugiarse en cuantos almacenes de comestibles y tabernas hallaba al paso, pero de todas partes le despedían.
—¡Tú, Ramitas!... ¡Fuera de aquí!...
Le tenían asco. El seguía adelante. Lloraba y andaba. Su treno ronco, doliente, iba alejándose, arrastrándose á lo largo de las calles, como el lamento de un animal herido.