A las cinco de la tarde, diez minutos antes de la llegada del expreso de Madrid, los vecinos de la Glorieta del Parque oyeron pasar, hacia la Estación, el coche de la Fonda del Toro Blanco. Fragor de cristales y de colleras. Luego, nada. El silencio otra vez; el denso silencio aldeaniego empapado en la doble tristeza de la lluvia y de la noche.
II
A la misma hora, Teodoro, el camarero del Casino, encendió las luces y frotó cuidadosamente, con la blancura de su delantal, el mármol de los veladores. Era un joven de razonable estatura, rubio, servicial y agradable, que mantenía relaciones con Dominga, la sobrina de don Valentín Olmedilla, propietario de la Fonda del Toro Blanco. El día de la boda estaba cercano, y esta proximidad, origen de impaciencias y acaso de zozobras, daba al rostro humilde y bueno de Teodoro una ansiedad y una melancolía.
Las mesas de tresillo y las de billar, hallábanse ocupadas, y las voces de los jugadores y el ruido de los tacos, al golpear la madera del suelo, producían regocijo.
El Casino, por su amplitud, ornato y afortunada disposición, merecía serlo de una capital provinciana. Ocupaba en el accidentado perímetro de la población un sitio muy alto, y un lienzo de muralla prestábale cimiento. Constaba de dos cámaras espaciosas y de mucho puntal; las ventanas de una de ellas abocaban á una plazuela lamentable, de fachadas torcidas, de piso herboso y desigual, como dislocado por algún terremoto, y entristecida bajo la umbría de unos soportales. El otro salón se destinaba exclusivamente á bailes, y lo rodeaban largas banquetas de pañete azul. Espejos de dorado marco, envueltos en gasas para mayor pulcritud y conservación, adornaban los muros pintados al temple. Contiguo á este salón había una galería abierta al Sur, sobre un panorama magnífico. Su fenestraje, que visto desde el valle, parecía arder con el sol, dominaba la estación del ferrocarril oprimida bajo su techumbre de pizarra fregada por los aguaceros, la serenidad esmeralda de algunos huertos, la reciedumbre y frondosidad saludable de los viciosos castañares que sombreaban toda aquella parte, y la altivez de los lejanos montes, ceñidos de nubes, semejantes á volcanes humosos. Entre aquel inmenso verdor gambeteaba, apareciendo y ocultándose alternativamente con una inquietud de parpadeo, el camino que conducía á la ermita de San Fernando, semejante á una piedra, por lo pequeña, y desde cuyo atrio todos los años, y con notable concurrencia y zambra de romeros, un sacerdote, en el mes más propicio á la vida, bendecía los campos. Las otras habitaciones ó dependencias del Casino eran la alcoba de Teodoro, la cocina que se encendía rara vez, pues casi ningún socio almorzaba ni comía allí, la sala de juego y la habitación destinada á biblioteca; un cuarto desabrigado y minúsculo, ocupado por un largo pupitre y varios estantes con libros. No llegarían éstos á trescientos. En lugar bien visible y preferente, había dos retratos al óleo: el del señor don Filiberto Pérez y el del alcalde señor Martínez Rodríguez. Ambos fueron puertopomarenses ilustres, y la amplitud de sus cuellos y la estrechez de sus levitas con trencilla señalaban una época distante. Don Filiberto tenía los cabellos cortados al rape, la frente oscura y el bigote rubio y caído; el señor Martínez Rodríguez estaba afeitado y en su rostro plebeyo y trivial fulgían unos ojos chiquitos, negros y redondos, como gotas de tinta. Nadie recordaba la historia abnegada, llena, sin duda, de iniciativas, filantropía, sacrificios y nobles desvelos, de aquellos dos varones preclaros. Su obra se había perdido. Toda la buena sociedad puertopomarense les conocía de verles allí, en la biblioteca del Casino, y nada más. A sus nombres vulgares no iba unido el recuerdo de ninguna hazaña capaz de imponerse á la ingratitud del tiempo. Don Filiberto Pérez había sido notario y murió soltero; Martínez Rodríguez fué alcalde, restauró á sus espensas la torre de la iglesia y tuvo varios telares. A esto reducíase la vida de ambos próceres. Sin embargo, cuando algún forastero visitaba el Casino, las personas que le acompañasen nunca dejaban de mostrarle la biblioteca. Aquellos trescientos volúmenes polvorientos, que nadie leía, eran el orgullo del vecindario, su más limpio timbre de progreso.
—Hasta ahora—decían—no hemos conseguido hacer más. Esto debemos reformarlo. Nuestro pueblo necesita cultura... ¡mucha cultura!... En fin, más adelante... poco á poco... ¡ya veremos! Luchamos contra dos enemigos terribles: la ignorancia y la falta de dinero. ¿Quiere usted creer que se pasan los años sin que á ninguno de los doscientos y pico de socios que nos reunimos aquí, se le ocurra pedir un libro?
Tampoco dejaban de tributar á los retratos un elogio breve y ferviente:
—El señor Martínez Rodríguez; el señor don Filiberto Pérez; dos conterráneos insignes...
En estas palabras vibraba siempre cierto énfasis; un orgullo de campanario, una vanidad lugareña que utilizaba aquel momento para ponerse de puntillas. El forastero se inclinaba cortés ante aquellas figuras que lo recogido del sitio y la tizne de los años mejoraban, y su rostro expresaba devoción y melancolía, cual si realmente lamentase no haber conocido á dos personas de tanto mérito.
A pesar de sus comodidades y holgura, el Casino arrastraba una existencia pobre. Años atrás, se celebraban allí todos los domingos bailes, á los que concurría lo más granadito de la población. De estas reuniones resultaron algunas bodas, como la de don Elías Fernández Parreño, que acababa de licenciarse médico en Salamanca, con Presentacioncita Tejas, la heredera más rica de la localidad. Luego, sin causa ostensible, el celo de tales divertimientos fué apagándose; el pianillo de manubrio, al que en las noches de holgorio desembarazaban de su funda gris, sonaba inútilmente; huyendo de las mujeres los hombres se refugiaban en la sala de juego ó asaltaban las mesas de tresillo, y las muchachas no tenían con quien bailar. Las más alegres valsaban unas con otras, como para afear á los galanes su huraña descortesía. Poco á poco los bailes, semejantes á una fruta que fuera secándose, redujéronse á dos mensuales; más tarde, á uno; finalmente se suprimieron, y las mujeres, haciendo de su orgullo resignación, no demostraron sentirlo. Teodoro achacaba esta decadencia á los hombres. La juventud masculina veía en el baile un riesgo, una peligrosa ocasión de galantería y coqueteo que acaso pudiera trocarse después en grave amor; no son buenos juegos los que terminan ciñéndose coronas de responsabilidades y obligaciones, ni cómodos los labios femeninos que, para besar, exigen la previa sanción del cura y del juez, y así, el miedo al matrimonio echó del Casino al genio celestinesco del baile.