En Puertopomares, el número de solteros era enorme; había muchos individuos ricos, independientes y de juveniles costumbres, que llegaron á los cuarenta años sin noviar con nadie. Estos refinados egoístas satisfacían sus apetitos en las infelices habitantes de una mancebía miserable, situada fuera del pueblo, sobre el tajo del río, en un repliegue del terreno denominado Barranco del Zorro, y no pedían más; los que necesitaban dar á sus licenciosos gustos mayores libertad y lujo, se iban á Salamanca. «Amor sin amor—pensaban—amor pagado inmediatamente, fué siempre el más barato y el más cómodo». Las mozas casables estaban desesperadas; padres y maestros las recomendaron el recogimiento, el pudor, la mesura más escrupulosa en sus acciones y palabras. ¡Oh!... ¿Para qué?... ¿Quién agradecería su sacrificio vestal?... Millares de entre ellas llegaron á la vejez solteras, afeadas, marchitadas, por las brasas del deseo insatisfecho y perdurable. Y había en la lenta consunción de aquellos azahares inútiles, en la sempiterna agonía interior de tantas vírgenes estériles, el dolor infinito, el espanto de tragedia, de una abominable injusticia social.
Generalmente al Casino los socios sólo concurrían de nueve á doce de la noche; pero aquella tarde, muchos de ellos, sorprendidos en el campo ó en la calle por la tempestad, acudieron á guarecerse allí.
En la galería, sentadas alrededor de una mesa, varias personas miraban hacia el paisaje sobre el cual la lluvia y la agonía crepuscular desgranaban fugaces temblores amarillos y violetas. Era la contemplación profunda, el éxtasis religioso, de los labriegos para quienes encierra algo místico el fenómeno fecundante de la lluvia. Los relámpagos pintaban en el espacio fuliginoso grietas terribles, ágiles como víboras. El aire olía á tierra húmeda. Del valle subía el rumor, hondo, interminable—lamento de mar—del viento, entre los árboles. Muy lejos, la corriente del Malamula gruñía rencorosa.
Formaban la tertulia don Juan Manuel Rubio, al que sus muchas haciendas y relaciones habían consagrado diputado á través de todas las legislaturas; don Elías, el médico; don Ignacio Martínez, el veterinario; el juez municipal, don Niceto Olmedilla, hermano de don Valentín, el amo de la fonda; don Isidro Peinado, alcalde y dueño de una ferretería de la calle Larga, y otros dos individuos. Don Juan Manuel y don Ignacio, bebían coñac; los demás, cerveza. Durante mucho rato todos hablaron del tiempo, y cada cual, cachazudamente, aportó á la conversación un dato interesante.
—Dicen—exclamó don Elías—que en Nava de Pomares llueve desde anoche torrencialmente. Los viejos no recuerdan aguacero igual.
—¿Cómo lo sabe usted?—preguntó don Niceto.
—Porque esta mañana fué Luisito Cruz á decirme que su madre había amanecido peor, y él vive en la Nava...
—Tiene usted razón; hoy le vi en la fonda, hablando con mi hermano.
Callaron. Unos momentos todos miraron hacia el campo; diríase que la afirmación, «en Nava de Pomares está lloviendo mucho», era tan grande, tan trascendente, que congestionaba los cerebros. Al cabo, la voz ruda—voz de mando—de don Ignacio Martínez, deshizo el encanto.
—En Candelario, esta madrugada diluviaba; me consta por un mozo de allí, que me ha traído á herrar dos caballerías.