—Pues si diluvia en Candelario—observó don Isidro—habrá llovido también en Cantagallos y en La Olla y en Palomares... pues siempre fué así, y conocida la disposición de la sierra no puede ser de otro modo.

—Yo creo que esta vez hubo agua de sobra—replicó el médico—; lo malo es que nunca llueve á gusto de todos. El chubasco, por ejemplo, que favorece al centeno, acaso perjudica al trigo; lo que en este bancal es beneficio, es muerte en aquel predio.

Agotada la conversación, reducido el tema de los cambios admosféricos á reseco y desjugado bagazo, apuntadas y discutidas todas las posibilidades con esa machaconería minuciosa de que sólo la gente rústica es capaz, el diálogo orientóse hacia otros rumbos. Alguien habló del vidriero Jesús Ochoa, fallecido aquella tarde. De la sórdida avaricia y misérrimo fin de aquel hombre referíanse escenas inverosímiles. Ochoa moría septuagenario; nunca quiso casarse y no tenía herederos; los días de su mezquina vida los pasó en una tienducha lóbrega, especie de fétido chiscón situado detrás de la iglesia y en un plano inferior al nivel de la calle. Hasta sus últimos instantes el anciano vidriero demostró un valor y una clarividencia que, á no emplearse en la más torpe codicia, hubiesen sido admirables.

En Puertopomares, al igual que en otros pueblos salmantinos, los parientes del difunto alquilan, para lujo y vistosidad del entierro, un determinado número de cirios, que deben lucir durante todo el transcurso de la ceremonia. Estos cirios se pesan antes de ser encendidos; luego, á la salida del camposanto, vuelven á pesarse, y la diferencia entre ambas pesadas, que señala la cantidad de cera consumida, es lo que se paga. Ochoa, que carecía de familia y que, á tenerla, probablemente no se hubiese fiado de ella, discutió por sí mismo el precio de la cera que había de arder en sus funerales. Hasta el postrer momento sintió la audacia y el sibaritismo de regatear, de defender su dinero, único goce de su vida.

—En la botica de don Artemio lo referían esta mañana unos amigachos del difunto—dijo don Isidro—; creo que Teobaldo, el amo de la Funeraria, estaba asombrado de tanta fortaleza de ánimo. ¡Es increíble ese valor en un viejo de más de setenta años!...

Los entierros eran de dos categorías. En los mejores, denominados «con salida», el clero acompañaba al cadáver desde la iglesia hasta la Glorieta del Parque; en los de segunda clase, ó «sin salida», los curas rezaban el último responso bajo el pórtico del templo; que tan lejos alcanza la virtud del oro que hasta la oración, lo inefable, se rindió mercenariamente á su poder. Don Niceto preguntó si el entierro de Ochoa sería de segunda clase.

—¡Naturalmente!—interrumpió el médico—; pues, ¿cómo pensaba usted que fuese?... Y, gracias á que llegó á una avenencia con Teobaldo; pues de no ponerle éste la cera al precio que él exigía, capaz es de seguir viviendo. Conozco á los avaros; hasta para morirse buscan el momento más económico.

El acre humorismo de Fernández Parreño fué saludado con una carcajada general. Este pequeño éxito empurpuró las mejillas de don Elías y obligóle á bajar los párpados. Era un hombre corpulento, de miembros bien trabados, de aspecto ecuánime y simpático, á quien, como á todo miope, la necesidad de acercarse mucho á los objetos para distinguirlos, había encorvado cortesmente hacia adelante. Tenía los ojos zarcos y el bigote blanco y pulcro. El temblor de unos lentes de oro daban á las expresiones de su rostro cierta noble quietud. Hablaba despacio y nunca sin anteponer á sus palabras la importancia de un breve silencio. Sus cincuenta años y la decorativa hinchazón de sus diagnósticos habíanle granjeado mucho crédito. En todos aquellos lugarejos comarcanos tenía clientes, y hasta de Salamanca, según testigos, le llamaron una vez. Este fué el mayor orgullo de su vida.

Don Juan Manuel le burlaba frecuentemente, asegurando que la ciencia de Fernández Parreño reducíase á repetir, como papagayo, los anuncios que con gran acopio de nombres técnicos publican los vendedores de específicos en la cuarta plana de los periódicos. Algo de esto había, efectivamente: don Elías, poco accesible á las fiebres de la curiosidad científica, apenas terminó su carrera cerró los libros, pero con tal fe y sincera decisión, que no volvió á tocarlos. Era pobre y ni su misma penuria decidíale al trabajo. Su tarda voluntad encomendábase á la rutina. «Más sabe un practicón que cien doctores»—pensaba—. Por el momento bastábale con ser buen mozo. Afortunadamente, Presentación, la unigénita del opulento cacique don Ladislao Tejas, enamoróse de él, y los dos millones de reales que aportó al matrimonio añadieron á su gallarda figura y á su título de médico los debidos prestigios. Otro, en su lugar hubiérase echado á la vida bartola. Don Elías, más quisquilloso, más caballero, quiso trabajar para no avergonzarse de su riqueza, y la misma holgura de su posición le captó en seguida clientela abundante y selecta. Siete, ocho y hasta diez mil pesetas, afanaba anualmente, que unidas á su amable trato y á la pacificadora labor del tiempo, ayudaron á desvanecer, ó cuando menos á suavizar, el recuerdo de que Fernández Parreño, según cierta frase cruel, muchas veces repetida, á imitación de las cortesanas había ganado su fortuna de noche...

Comentada suficientemente la muerte de Jesús Ochoa, se habló de mujeres, tópico alegre en que las opiniones, aun de los hombres más desemejantes y rivales, aconsonantan en seguida; y apenas comenzó el diálogo, tomó, con gran gusto, sus riendas don Juan Manuel Rubio. Don Niceto había dicho que el domingo anterior, al salir de la iglesia, sorprendió á Romualdo Pérez, gerente del tejar La Honradez, hablando con doña Quintina. Hallábanse cerca de un confesionario y vueltos de espaldas al público, como si no quisieran ser vistos.