—Yo, por lo mismo, me fuí á ellos derechito—continuó don Niceto—, saludé á Quintina y á Romualdo le pregunté por Micaela, la hija mayor de doña Virtudes.

—¿Y qué respondió?

—Psch... nada... hizo lo posible por mostrarse afable y quedar bien; pero la cara se le puso como una cereza.

Don Juan Manuel interrumpió á Olmedilla.

—Amigo mío, preguntar al hombre que hallamos acompañado de una mujer por otra mujer, aunque ésta sea la suya legítima, es una indiscreción; porque usted no sabe si él, con la señora que tiene delante, presume de soltero. Además, acordarnos de una mujer teniendo á nuestro lado otra, implica siempre hacia la segunda cierta descortesía.

—¡Muy finamente sentido y muy bien expresado!—exclamó Martínez, sirviéndose un coñac—; esa carambola se la apunta don Juan.

El juez municipal se desconcertó.

—Hombre... yo creí...

—¡Nada, nada—repitió el albeitar—; esa carambola se la apunta don Juan Manuel!...

El diputado, que padecía ciertas inclinaciones oratorias, prosiguió: