—Otro tanto podría razonarse de la feísima costumbre, bien generalizada, ciertamente, de decir á la persona á quien saludamos: «Ayer le vi á usted en tal sitio»; ó... «anoche le vieron á usted por cual parte»... La indiscreción de estas palabras es evidente. ¿Qué nos proponemos con ellas? ¿Molestar á nuestro interlocutor significándole que conocemos ó vamos en camino de conocer sus secretos...? Habremos incurrido en una grosería y vulnerado el santo derecho que todo ciudadano tiene de ir adonde le parezca. ¿Lo hicimos sin malicia y sólo por el gusto de hablar?... Pues seremos responsables de un notorio delito de tontería. Voy, á propósito de esto, á referir á ustedes una anécdota...

Disertaba don Juan Manuel Rubio con aquella lentitud y autoridad que le conferían su urbana distinción de hombre que vivía en Madrid la mayor parte del año, y la indulgencia chancera de sus costumbres. Frisaba en los cincuenta años, aun cuando él, siempre que á su presencia se suscitaba tan impertinente cuestión, declarase muchos menos. Nunca quiso casarse. Era de mediana estatura y grueso; y de su lucia cogullada abacial, de la curva feliz de su vientre, del invariable optimismo de sus palabras y de sus ojos, que le bailaban de relucientes y traviesos, desprendíase una regocijadora emoción de salud. Su mucha hacienda, puesta al servicio de su evangélico y munífico corazón, había remediado bastantes dolores. Estas virtudes hacíanle simpático y servían de alivio á sus defectos, que eran de los comprendidos entre los siete pecados mayores. A don Juan Manuel la opinión pública toleraba lo que no hubiera consentido á ningún otro vecino de Puertopomares: una querida. El diputado no vivía con ella, pero iba á visitarla diariamente y sin guardarse de nadie, y esta pequeña irregularidad de costumbres, que rompía el ambiente pacato del lugar, antes le mejoraba que le perdía en el concepto de las mujeres.

Las ideas que el diputado acababa de exponer, contestando á don Niceto, merecieron la alborozada adhesión y caluroso entusiasmo de don Ignacio Martínez. El veterinario no olvidaba que la única vez que engañó á su Fabiana, ésta lo supo justamente por una de aquellas indiscreciones que con tanto donaire glosaba don Juan. El hecho ocurrió á los cinco meses y un día cabales de su matrimonio, y ni un detalle había palidecido en el espejo, cruelmente fiel, de su memoria.

Don Ignacio y su mujer salían del Café de la Amistad, situado en la calle Amor de Dios, cuando un individuo que se acercó á saludarles, le dijo: «Anoche, ya tarde, le vieron á usted en Candelario». Y como Martínez, para disimular su emoción, tratara de mostrarse sorprendido, el indiscreto agregó bromeando: «Sí, señor; á eso de las once; no lo niegue usted...» Con lo que doña Fabiana, que andaba picada por el tábano de los celos, no necesitó más. Esta escena sirvió de prólogo á vanos días terribles. Diez años transcurrieron desde entonces y, sin embargo, don Ignacio, que seguía enamoradísimo de su mujer, todavía apretaba los puños.

—Afortunadamente—prosiguió—tuve la suerte de tropezarme con el correveidile que así, en mis propias narices, le fué á Fabiana con el soplo. Necio ó malintencionado, se llevó buen castigo. Ya le conocéis: Pedro Sáez, cuñado de José, el de la zapatería. A puñetazos le puse la cara como un tambor; quince días estuvo sin salir á la calle.

En los pueblos donde la vida colectiva carece de misterios, le es muy difícil á nadie contar nada nuevo; lo que el narrador empieza á referir para distraer el fastidio de la tertulia, podría decirlo también cualquiera de sus oyentes, y así el diálogo se reduce á una rumiación ó comentario de hechos notorios, caídos en el dominio público y recalentados mil veces. Apenas alguien habla, los circunstantes, enterados de cuanto van á oir, afirman. Lo propio sucedía con la historia que don Ignacio trajo á colación. Hasta el tonto Ramitas, el tipo más infeliz de Puertopomares, hubiera sabido repetirla de memoria. Por esta razón tal vez, para que las gallardías del albeitar no cayesen en la descortesía y frialdad del silencio, Fernández Parreño creyóse obligado á esbozar una observación.

—Creo, amigo Martínez, que á Pedro Sáez le tiró usted al suelo.

—Sí, señor.

—Y cuando el pobre hombre estaba así, tripa arriba y sin poder valerse...

El veterinario sintió el placer vengativo de concluir la frase, y se la arrebató á don Elías de los labios.