Estas indiscreciones provocaban otras de análoga índole y atrevimiento. En los pueblos pequeños todo se descubre y conoce, cual si hasta los muros más densos tuvieran la diafanidad del cristal. Doña Quintina sabía por Raimunda, la primogénita de Fernández Parreño, que á su hermana Anita la visitaba don Gil, y á doña Evarista la había informado doña Fabiana, la mujer de Martínez, el veterinario, que á idénticos peligros hallábase expuesta la mirlada castidad de doña Virtudes; esto último se averiguó por una indiscreción del cura don Martín, pues la tribulación y el pánico que la excelente señora tenía á morir en pecado mortal eran tales, que atropellando toda guisa de femeniles miramientos llevó su cuita al confesionario...

En mucho tiempo las amigas íntimas no supieron hablar de otro asunto, aunque conservando siempre el hipócrita cuidado de referir á una tercera persona sus particulares sensaciones. Su voraz curiosidad removía hasta los detalles más arriesgados, enardecíanse sus imaginaciones y la evocación de sus lupercales solitarias derramaban por sus ojos desfallecimientos de harén. Aquellas cabezas femeninas, unas rubias y ondulantes, otras negras y lisas, apretujándose para charlar en voz baja con el interés acre de las conversaciones prohibidas, componían ramilletes de flores extrañas sobre las cuales el recuerdo de don Gil zumbaba semejante á un moscardón cabalístico.

VI

¿Cuántos hechos similares fueron necesarios para que el vulgo reconociese que una especie de mortal maleficio iba unido á la presencia de aquel hombre pequeño y amarillo?... Muchos debieron ser, pues el distraído espíritu popular no se fija y concreta sin una abundante síntesis de fenómenos iguales: de suerte que cuando la opinión comenzó á decir que don Gil era brujo, fué porque de súbito creyó ver en él numerosísimos rasgos y momentos que lo atestiguaban así.

Dos episodios verdaderamente impresionantes, acaecidos casi á continuación el uno del otro, y que dictados parecían por un mismo criterio de venganza, sirvieron de coyuntura ó motivo para que este supersticioso juicio se afirmase.

A los tres años de vivir don Gil en Puertopomares, tuvo la desgracia de enamorarse de Ursula Izquierdo, sobrina del rico hacendado don Rogelio Pérez Izquierdo, y una de las muchachas más lindas de la provincia. Tan urgentes, tan cegadores, fueron los deseos que su buen palmito y mucho donaire atizaron en don Gil, que no pudo éste retenerlos ocultos, y así, desoyendo las voces de su modestia, aventuróse á dejar que la cuita de su corazón le subiese á los labios festar (?) su cuita poniendo en los labios su corazón. Como era de suponer, conocidas las mezquinas trazas del galán, aquel amor no obtuvo correspondencia, y don Gil sintió germinar en sus profundos, hacia la ingrata, un rencor infinito.

Transcurrieron varios meses. Una mañana Ursula Izquierdo se levantó muy triste. Sus padres la acosaban á preguntas impresionados por aquella lividez.

—¿Qué tienes?...

—Nada; pena... ¡Nada!...

A la hora del almuerzo no quiso comer. Tenía frío, calor y, sobre todo, miedo... un miedo horrible á algo que, según ella, estaba á su lado y nadie veía. Por la tarde, en una tertulia de amigas íntimas, declaró la razón de su angustia. Pesaba sobre ella la sugestión de una pesadilla vitanda. Había soñado hallarse en un jardín con varias muchachas; todas reían, danzaban y estaban muy alegres, cuando por entre las hiedras de un cenador apareció la Muerte, embozada en un peplo blanquísimo y con las apariencias esqueléticas que le atribuyen los pintores. La Fría quedóse observando atentamente á las jóvenes, como si buscase entre ellas una víctima; todas habíanse vuelto de espaldas y procuraban esconder su rostro en el seno de una compañera. Cesaron las risas y un soplo helado atravesó el jardín; amortiguóse la luz en el espacio; palidecieron las rosas. La Muerte continuaba mirando, adelantaba el cuello y su frontal amarillo brillaba siniestro bajo la claridad de la tarde; sin duda quería ver...