A su lado, de improviso, surgió don Gil Tomás, vestido de negro y llevando sobre sus hombros tallados en forma de acento circunflejo, la enormidad de su cara color de limón. El hombre pequeñito mostrábase aliado de la Lívida; hasta la protegía.

—¿Qué quieres?—la preguntó.

Repuso la Muerte:

—No hallo lo que busco.

Y don Gil:

—Yo sé á quién buscas. ¿Era á ésta?...

Adelantóse hacia Ursula Izquierdo. La joven esperimentó una angustia indecible; quiso gritar y los músculos de su garganta, pasmados y mudos, no la obedecieron; castañetearon sus dientes; sus sienes humedeciéronse con el mador de las agonías. Procuró entonces ovillarse más, acuclillarse mejor, tapándose con las haldas de sus compañeras. Pero el enano no la perdonaba: le oyó acercarse y sintió en la nuca el contacto de su mano fría y parva.

—No te escondas—dijo don Gil—, es á ti, á quien busca la Muerte.

Tiró de ella con fuerza, obligándola á levantarse, y como Ursula, aun á despecho de su voluntad, alzase los ojos para mirar, recibió en ellos el maleficio que irradiaban las cuencas vacías de la Flaca y el desencanto nevado de su risa.

—¿Era ésta tu elegida?—insistió don Gil.