La Muerte repuso, sin aproximarse:

—Esa es.

Volvióse el hombre pequeñito hacia la víctima:

—Ya lo sabes; ahora te advierto que, para arreglar los asuntos de tu conciencia y despedirte de los tuyos, dispones de tres días.

Con esto desvanecióse la pesadilla, y la descripción que de ella hizo Ursula á sus amigas no las impresionó mayormente. La alucinación, sin duda, era interesante, estaba desenvuelta con lógica y testimoniaba el odio que roía el hermético corazón del enano; ¿pero cuántas extravagancias peores disponen y trenzan á cada instante los espíritus absurdos del sueño?... Ursula Izquierdo, sin embargo, no podía hurtarse á la emoción de una escena que vió y oyó y estremeció su ánimo, con el vigor de la verdad. Su pesadilla ocurrió en la noche de un jueves, y la joven, aunque aparentaba haberla olvidado, iba contando uno á uno los momentos de aquellos tres días que don Gil puso de término á su vida. El sábado despertóse muy contenta y por la tarde asistió á un bautizo. El lunes, sorprendidos sus familiares de no verla levantada á la hora de costumbre, fueron á su dormitorio y la encontraron muerta. El cuerpo estaba ya rígido, y la serenidad del semblante revelaba que en sus postrimeros instantes no hubo dolor. Entonces fué cuando el ensueño de Ursula Izquierdo se divulgó: las mujeres se lo referían sintiendo frío en la espalda, y cuando se tropezaban con el hombre pequeñito en la calle, se signaban, ó miraban á otra parte, esquivando la jettatura ó mal hechizo de sus pupilas color de cobre, ó procuraban agarrarse á una reja, para con el contacto del hierro evitar el aojo.

El otro hecho que ayudó á consolidar el tablado de nigromancia ó brujería en que don Gil Tomás iba colocándose, ofreció también significativa originalidad.

A pesar de la templanza que don Gil ponía en todas sus palabras y acciones, y del retraimiento y silencio en que su timidez gustaba recatarse, no faltó quien, intemperante y mal educado, le buscase camorra. Iba el hombre pequeñito por la calle Larga, en dirección al Casino. Al enfrentar la casa Correos, como fuese distraído, tropezó con un borrico bien cargado de cazuelas, botijos, pucheros, macetas y otros cachivaches quebradizos y de mucho bulto; asustóse el animal, acaso más que de la fortaleza del encontrón, que no pudo ser grande dado el poco peso de don Gil, de la extravagante figura de éste, y metiéndose alborotadamente en la acera y aculándose contra la pared rompió varios cacharros. Pateaba el bruto sobre los añicos, y con el ruido más se empavorecía y mayores eran los destrozos que sus esguinces y corcovas producían en la ancheta. El hombre pequeñito, avergonzado de su mala obra, no sabía qué hacer. En estas apareció el dueño del burro, quien trabándolo por el ronzal y administrándole algunos puntapiés en los hijares, fácilmente lo redujo á obediencia y quietud. Luego, ya enfurecido, revolvióse contra don Gil, insultándole y propasándose á tirarle de los cabezones. Varias personas, testigos de la escena, intervinieron, librándole de tanta humillación. El hombre pequeñito, convencido de su debilidad, no había intentado defenderse; ni siquiera habló; pero su ira, su rencor, su impotencia, le subieron al rostro como una ola lívida. Sus labios, sus ojos, hasta sus cejas, emborronáronse en la misma nube blanca; su biliosa amarillez hízose nieve; estaba horrible, epiléptico, fantasmal, y los transeuntes mirábanle asustados: hallaban imposible que aquel hombre, en cuya cabeza no parecía haber quedado ni una gota de sangre, estuviese vivo.

El amo del pollino se llamaba Manuel Ayala, y vivía con su mujer y cuatro hijos en una casuca de la Bajada de la Fuente. Al volver por la noche á su domicilio, refirió su disgusto con don Gil, y los incidentes del lance sirvieron, durante la colación, de asunto de plática. La mujer, no obstante, reía poco; estaba preocupada; á ella, aquel hombrecito descolorido y minúsculo la inspiraba miedo.

—Hiciste mal en provocarle—murmuró—; porque, según dicen, ese don Gil es brujo.

Noches después, Manuel Ayala se acostó recomendando mucho á su mujer que le despertase temprano, pues á las cinco de la mañana pensaba marcharse á Candelario, donde había feria. Pero, aunque dormilón, no necesitó que al otro día nadie le vocease ni rebullese, porque él mismo, expontáneamente, se levantó el primero. Y como su cónyuge se maravillase de verle tan despavilado, Ayala repuso: