—¿Y á que no sabes tú quién me ha despertado?... Pues, don Gil Tomás.

Palideció la mujer y él agregó, un tanto sorprendido de la coincidencia:

—Yo dormía profundamente... ¡como que del lado que caí anoche he amanecido hoy!... Cuando, de pronto, aparece don Gil, pero tranquilo, como si nada molesto hubiese pasado entrambos, y me dice: «Manuel, que tu mujer se ha dormido y son las cuatro y media. ¿No tenías que ir á Candelario?...» El pasmo de verle así, á dos pasos de mi cama, según estoy viéndote á ti ahora, me despertó. Me tiro al suelo, miro el reloj... y, exacto: las cuatro y media. ¿Tú lo comprendes?...

Tras un breve silencio, la esposa murmuró profética:

—Yo, en tu lugar, no iba á Candelario.

No prestó atención Manuel Ayala á estas palabras, concluyó de vestirse, aparejó el burro y fuese despidiéndose de los suyos hasta la noche. Alegre y por su pie se marchó, y muerto y atravesado en una caballería le volvieron al tramontar del sol, que en dura pelea un gitano, á quien acaso ayudaba el maleficio de don Gil, de una fiera cuchillada le partió el corazón.

De estos y otros parecidos sucesos que, apenas averiguados, iban con velocidad eléctrica de hogar en hogar, derivóse el taladrante prestigio fascinador de don Gil. Como su poder alcanzase á todos los vecinos, llegó á ser para la vida colectiva de Puertopomares como una argamasa de superstición y de dolor. Los hombres recelaban de él y la mayoría de las mujeres, que de noche sintieron sobre sus flancos el contacto de sus brazos raquíticos, le estaban sometidas por la horrible voluptuosidad del miedo y del asco.

¿Cómo explicar el origen de los ensueños plenamente y de un modo que por igual complazca á la ciencia y á la fantasía? ¿Cómo desenmarañar los linderos que separan la vida orgánica, de aquellos miríficos donde campea la conciencia?...

Para el materialismo, la actividad mental es una secreción encefálica; para el espiritualismo, el alma y el cuerpo son entidades rotundamente diferentes y hasta antagónicas, pero entre las cuales, y mientras dura el fenómeno de la vida, persisten relaciones análogas á las del jinete con su caballo, ó á las del inquilino con la casa que habita. Si la casa se derrumba, el inquilino se va; si el caballo fatigado se niega á seguir andando, el jinete desmonta y continúa solo su camino; cuando el cuerpo, sujeto á todas las lacerías y dolamas de la arcilla cobarde, envejece y retorna á la interminable pudrición de la tierra, el espíritu abre hacia la increada luz sus alas inmortales.

Pero, así como la primera de estas escuelas filosóficas deja inexplicadas las maravillas de la telepatía, los presentimientos, los sueños proféticos, las visiones á distancia y otras sutiles y multiplicadas emociones que nos rozan á cada paso como ráfagas tenues ó sigilosos latidos de un mundo que procura revelarse á nosotros, de igual modo la segunda carece de verdadera trabazón científica: pues si la materia se divorciase de la fuerza, se dividiría y subdividiría más allá del átomo; su disgregación sería infinita; y entre tanto la fuerza, por sí sola, la fuerza aislada, la fuerza «pura», ¿cómo ejercitaría su actividad si sus mismas limpieza y abstracción la incapacitaban para todo contacto físico?...