De ello dedúcese, que preferible sería colocarse en un sincretista término medio, y adoptar un criterio que hermanase esas dos orientaciones seculares del pensamiento. A saber: despojar al espíritu de sus cualidades de indivisibilidad y perpetuidad, y considerarlo como una función ó producto de la materia; pero, al mismo tiempo, atribuirle una substancia más delicada, inteligente y sutil, que la puesta al alcance de nuestros sentidos; algo, no bien estudiado aún, que participe por igual de los elementos físico y moral, y asegure, si no la inmortalidad, al menos una limitada continuación ó persistencia de la conciencia después de la muerte.

Únicamente aceptando esta hipótesis podría aclararse el enigma de los sueños, cuya pavorosa preeminencia campea en la historia de las civilizaciones antiguas y en los textos sagrados.

Para los médicos, los diversos estados del ensueño responden á ideas-imágenes producidas por cerebraciones inconscientes. Fisiólogos esclarecidos aseguran que nunca, ni aun en las horas de reposo profundo, el cerebro descansa completamente; la sangre, si bien con muchísima mayor lentitud que durante la vigilia, continúa circulando por él, lo que mantiene alerta el dinamismo de algunas células y de consiguiente cierto tragín mental. Cuando esta actividad nerviosa es muy pequeña, sus imágenes son inconexas, rudimentarias y reflejan una actitud ó momento puramente físico. Ejemplo: el brazo que un individuo, al dormirse, dejó doblado sobre su pecho, puede sugerirle después la alucinación de ir subiendo una montaña y de hallarse fatigadísimo; la persona que se acostó sedienta, no es difícil que sueñe naufragios ó imagine estar bañándose en un río; una hiperestesia hepática determinará en el sujeto ideas truculentas...

Estos casos, por sus inconexiones y su frecuencia casi cotidiana, constituyen los «estados inferiores» del sueño. Mas hay otros en que es el alma quien toma todas las iniciativas, y á veces su alboroto es tan intenso, tan radiante, que bajo su acción el dormido habla, improvisa versos y traduce libros impresos en extraños idiomas, con una rapidez y una luminosidad intelectual de que él mismo luego se pasma y admira. Tal sucede con cuantos fenómenos abarcan los interesantes capítulos del sonambulismo y de la epilepsia. A juicio de unos profesores, el sonámbulo «ve» los objetos: la puerta que se dispone á abrir, los peldaños de la escalera que bajará después; y, si le hablan, «oirá» efectivamente las palabras que tamborilearon sobre sus tímpanos y responderá á ellas. Según otros, el sensorio del sonámbulo permanece apagado y á oscuras, y, de consiguiente, su alma no «siente», sino que «recuerda», por cuanto lo que parecía sensación es obra ó fenómeno de memoria.

¿Cuál de ambas hipótesis se avecina más á la verdad?... Probablemente ésta no fraterniza con ninguna de ellas, y así, uniéndose las dos, acaso dieran la solución del misterio, porque la naturaleza esencialmente armónica, comprensiva y sintética, aborrece la estridente grosería de los radicalismos. Sin duda el sonámbulo percibe directamente la realidad objetiva, al propio tiempo que su bien despabilada energía interior rememora, imagina, discurre y apetece, exactamente como en la vigilia, pues entre todos los momentos de su alucinación hay un nexo lógico. ¿Qué importa que al despertar el individuo no recuerde nada de lo que dijo ó hizo mientras dormía? ¿Bastará esto á denegar la certidumbre de esa vida cerebral devanada bajo el misterio de la noche y á la cual el reposo del cuerpo confiere la inmóvil majestad de la muerte?...

A tan sutiles honduras psicológicas urgía acogerse para explicar la bien delineada separación entre la carne y el alma de don Gil, y aquella increíble y jocunda autonomía de su voluntad.

El hombre pequeñito no era sonámbulo; su cuerpo enano jamás salió de su hotelito del Paseo de los Mirlos, ni siquiera de su alcoba; pero, en cambio, su espíritu bordonero y licencioso, condenado parecía á la sed de Tántalo.

Esta aptitud giróvaga obra fué indudablemente de una larguísima gestación, y no comenzó á manifestarse hasta que motivos especiales de despecho y venganza, sacudiéndole terriblemente, lleváronle á disponer el temprano fin de Ursula Izquierdo y de Manuel Ayala. Desde aquel momento su alma adquirió una independencia casi absoluta, una elasticidad vencedora de cuantos obstáculos la separaban del mundo objetivo, y entonces se hizo íncubo y aclaró las sombras que tantos años ocultaron el asesinato del infortunado don Alonso. Despierto, don Gil Tomás no sabía nada, no se acordaba de nada, y su cuerpo amarillo vejetaba pacíficamente en la paz lugareña; pero, apenas dormido, su imaginación recobraba las riendas de sus desbocados apetitos, y furores corsarios de venganza y lujuria le escandecían. En la misma noche el vampiro visitaba á María Jacinta, su favorita; á Enriqueta de Castro, otra de sus predilectas, y á tres ó cuatro mozas más; y luego iba á casa de los Paredes, en quienes acuciaba, por diferentes medios, su todavía vago deseo de asesinar y robar al señor Frasquito. Para esto don Gil, que conocía las orzas verdes que el antiguo contrabandista ocultaba bajo la raigambre del chopo, le hablaba á Toribio de ellas continuamente, y así exacerbaba su codicia; á su hermana también la enaltecía la magnitud de tales tesoros, y describíala los aburrimientos de su vida, que pudiendo ser divertidísima era abominable por la blandura y apagamiento de su voluntad. Finalmente, y reconociendo la necesidad de buscarse un aliado, plantábase en Salamanca y en el domicilio de Vicente López, á quien hablaba de volver á reunirse con Rita, y de la cuantiosa fortuna que ésta iba á heredar.

La influencia de don Gil debilitábase mucho con la vigilia, pero nunca llegaba á perderse completamente. Al abrir los ojos á la luz de la mañana, algunas personas, en particular las mujeres, recordaban bien su ensueño de la víspera; otras lo recomponían borrosamente; otras, en fin, no hubiesen podido afirmar si soñaron ó no; pero, aun en éstas, las emociones de la olvidada pesadilla jamás fracasaban del todo, é iban á sumarse á ese légamo de celebraciones imprecisas, de deseos fracasados, de ideas deshechas, donde el sentido íntimo hunde sus raíces.

El mundo psíquico de cada hombre tiene profundidades incalculables, y así, lo que le sucede al individuo con el diccionario de su idioma nativo, del que sólo conoce un exiguo número de palabras, le acontece, pero en una proporción infinitamente mayor, con su vida mental. ¿Cuántos fenómenos ocurren dentro y fuera de nosotros que no vemos? Palabras y melodías, que llegaron á los oídos y no los conmovieron; tonalidades, panoramas, puestas de sol, que resbalaron inadvertidas sobre las pupilas; rebabas de deseos, de imágenes, de entusiasmos, de recuerdos, que un instante vibraron en el espíritu, pero de modo tan somero que la conciencia no los advirtió. ¿Acaso esto no rellena y colma las tres cuartas partes de nuestra zona ética? De donde dedúcese que la notoria poquedad y miopía del sentido íntimo acorta, en más de la mitad, la angustiosa rapidez de nuestra vida, pues á las horas que descuida durmiendo deben añadirse los millares de momentos por entre los cuales, sin sospecharlo, va filando el espíritu.