Los elementos subconscientes representan, dentro del individuo, las ideas de rebaño, de multitud. En una nación las capacidades directoras, los principios inteligentes y activos, están reducidos á unos cuantos cerebros: ellos marcan la orientación, el rumbo, del alma colectiva. El resto lo constituye la muchedumbre, el poder bárbaro del número; son «los ceros», los infinitos ceros, puestos á la derecha de la cifra provista de valor sustantivo. Así las imágenes y determinaciones en nuestro carácter: cada pasión, cada fanatismo, cada capricho, cada antojo detenidos un instante, como mariposa, sobre nuestras cejas; lo más inestable, lo más fugitivo y á ras de piel, por el hecho único de ser consciente, ó, lo que es igual, de vivir en la luz, supone llevar detrás, á modo de oscuro convoy, ejércitos de sensaciones y de ideas eternamente perdidas en lo tenebroso, como los cimientos bajo la tierra. En la vida moral todo es complejísimo, y lo que parecía más sencillo muéstrase luego esclavo de ramificaciones infinitas, pues cada sentimiento, como cada organismo, alimenta millones de sentimientos parasitarios que viven de él, cual los infusorios en la gota de agua. ¿Qué taumaturgo sabría dónde y cuándo comenzó á formarse el daño que, á lo largo del tiempo, ha de herirnos? ¿No es la herencia, quizás, el vehículo mejor de la muerte? Y de igual manera; ¿quién podría enumerar todos los gérmenes que justifican una lágrima ó una alegría?...

En la existencia colectiva de Puertopomares, el brujo del Paseo de los Mirlos, como muchos llamaban á don Gil Tomás, significaba la personificación ó expresión material del arcano inconsciente. Más ó menos de soslayo, su vida enigmática afectaba á la de la comunidad, porque su imagen medrosa había vibrado, siquiera un instante, en todas las memorias. Se le apreciaba, se le temía; el vulgo adivinaba en aquel cuerpecillo blandengue y en aquella cara, que no sabía reir, mociones y potencias teúrgicas de las que nadie era capaz.

Muchas veces, de noche, hallándonos en nuestra habitación sumidos apaciblemente en la lectura de un libro, experimentamos en el dorso de las manos, sobre el cuello ó á lo largo de la espalda, puntos los más agudizados de la sensibilidad tactil, un roce extraño; la presencia de algo objetivo; una emoción innegable, que positivamente viene de afuera. Sorprendidos miramos á nuestro alrededor y nada vemos, pero el débil contacto suele repetirse, distrae nuestra atención y concluye imponiéndonos la certidumbre de que no estamos solos. Imposible dudar. Alguien se ha sentado enfrente de nosotros, alguien nos mira desde la puerta que quedó entornada. ¿Quién nos acompaña? ¿Qué humanos efluvios rozan nuestra piel?... Aun la ciencia no supo decirlo: acaso almas de difuntos, vinculadas á nosotros por recuerdos de aborrecimiento ó de amistad; tal vez espíritus de personas no muertas, sino dormidas, que acuden á conocer nuestro hogar y á informarse de lo que hacemos.

Al cabo de cierto tiempo, la escuálida figurilla de don Gil, fortalecida por los casos de envolvimiento y sortilegio que se le atribuían, llegó á rendir la imaginación pública con tan vertical y absorbente tenacidad, que si alguien recibía esas, que pudieran llamarse «emociones epidérmicas de la soledad», inmediatamente se acordaba de él. Las mujeres no podían olvidarle. En el misterio de los dormitorios, era el dueño, el marido de todas, el sultán. Daba miedo. Cuando iba por la calle, su cuerpecito expandía esa emoción de oscuridad, de silencio, que dejan los entierros.

Las dos criadas, Pilar y Maximina, que compartían la intimidad del hombre pequeñito, padecían la sugestión de su rostro amarillo. Pilar era morena; Maximina, rubia. Por cobardía, más que por inclinación carnal, una tras otra le pertenecieron y continuaban bajo su dominio. Del hotelito del Paseo de los Mirlos, cuya fachada sombreaban dos copudos castaños de India, no salían casi nunca; á las ventanas, siempre celosamente cerradas, rara vez se asomaban, y, sin embargo, parecían contentas. ¿Cómo su belleza y su juventud aceptaban aquel encierro? ¿Era interesado cálculo de no separarse de don Gil, hasta su muerte, para heredarle? ¿Era amor ó sumisión carnal á su insaciable ginecomanía?

Evidentemente, en el redaño de aquella humildad había un miedo. Ni Maximina ni Pilar podían experimentar simpatía hacia el enano. Cuando éste, después de cenar, reclamaba en su alcoba la asistencia de cualquiera de ellas, la elegida le seguía sin manifiesta repugnancia, pero también sin regocijo; y apenas le dejaba dormido cuando bonitamente se escurría fuera del lecho. La idea de que don Gil Tomás era brujo y podía aojarlas, las obsesionaba, y á su lado no hubieran podido conciliar el sueño.

Además, tanto Maximina como Pilar habían comprobado que, no bien cerraba los párpados, el hombre pequeñito se quedaba frío...

VII

No eran aún las nueve cuando don Gil subía las escaleras del Casino. Teodoro, que estaba barriendo el zaguán, caminó tras él, para servirle. Iba en mangas de camisa; llevaba un plumero en el sobaco izquierdo y sobre el flaco pestorejo y á modo de bufanda, un trapo de sacudir el polvo.

—Voy con usted, don Gil—dijo—, porque supongo que querrá usted tomar algo.