El hombre pequeñito cruzó el salón de baile, que rápidamente iba llenándose de sol, y en la galería buscó una mesa desde donde atalayar la esplendidez majestuosa del vasto panorama, verde, plata y azul. Sobre el intensísimo añil celeste, las montañas, cubiertas de tupidos bosques, se recortaban magníficamente. En la blanda lozanía vernal de la vega albeaban numerosas casitas; enfrente de la estación había detenido un tren de mercancías, y el humo de la locomotora elevábase verticalmente en la atmósfera tibia y quieta. Don Gil ocupó una silla y se quitó el sombrero, que colocó cuidadosamente en un velador próximo.
Tuvo entonces un suspiro largo, entrecortado y gozoso, de descanso. Apoyó los pies sobre el travesaño delantero de la silla y con un pañuelo enjugóse el sudor de su frente pálida. Su cabeza era tan grande para la parvedad del enlutado cuerpecito, que las orejas y los hombros casi se hallaban en la misma línea perpendicular.
Teodoro se le acercaba con el servicio del ajenjo.
—Mucho ha madrugado usted hoy, don Gil.
—Me eché á la calle muy antes de que saliera el sol. Más de tres leguas llevo andadas.
—¿De paseo, verdad?
—De paseo: ir á Torres de la Encina y volver.
—Hace usted bien; el ejercicio es el mejor médico. A don Juan Manuel también le gusta levantarse temprano. ¿No le ha visto usted hoy?
—No.