—Buenos días, don Gil...
De rubor, como amapolas, se pusieron las tres.
VIII
Serían las siete de la mañana cuando en el vano de la ancha puerta, llena de sol, perfilóse la encorvada figura de Frasquito Miguel. Llevaba del ronzal una mula.
—Buenos días, don Ignacio.
—¡Hola, hombre, buenos días! ¡Adelante!
Los dos individuos que trabajaban en la fragua, interrumpieron su faena para saludar.
—Buen día nos dé Dios.
Cojeaba el señor Frasquito, cojeaba la caballería. El veterinario exclamó: