Entonces Teodoro volvía á decirse:

—¡Pero qué chiquito es!...

A media mañana don Gil Tomás, que había concluido de beber su ajenjo, dejó los periódicos, se puso el sombrero y se deslizó de la silla abajo. Primero apoyó en el suelo un pie, después el otro.

Teodoro también se levantó, servicial y reverente.

—¿Ya se marcha usted?

—Sí; me voy á casa. Hasta luego.

—Hasta luego ó hasta mañana.

—Adiós, Teodoro.

Salió y caminó por la calle Larga. La convicción de que era ridículo le cohibía y no miraba á nadie. Cerca de la Fonda del Toro Blanco, en el portal de la ferretería de don Isidro Peinado, vió á María Jacinta, la hija del boticario, y á otras dos muchachas. Saludólas tocándose con una mano el ala del sombrero.

—Buenos días.