—¿Y Toribio?

—Por esos mundos, ganándose el pan. En Torres de la Encina, debe de hallarse ahora.

—Bueno, hombre; dales recuerdos.

—Gracias, don Ignacio, y á mandar... ¡Arre, Pascuala!... ¡Arre, Pascualita!...

Nuevamente la caballería caminó en pos de su amo. Este, con la anquilosis de sus piernecillas flacas, muy sobradas de horcajadura, su tórax ancho y aplastado, encorvado hacia adelante, y sus labios entreabiertos y como idiotas en la oscuridad cobreña del rostro, parecía sufrir un dolor de ijada. El lastimado animal apenas podía seguirle. Una tras otra, sus figuras tristes recortáronse en el rectángulo soleado de la puerta: cojeaba el hombre, cojeaba la mula. Desaparecieron...

Sobre el yunque, el martillo de la fragua volvió á cantar.

IX

Inmediatamente Martínez dirigióse al fondo de la clínica, empujó una puertecilla y salió á un patio rectangular, bastante grande, con solado de hormigón y dos testeros enverdecidos por la frondosidad invasora de una hiedra. Los otros lados, adonde abocaban las habitaciones del piso principal, estaban coronados por balcones muy saledizos, verdaderas galerías encristaladas apoyadas sobre pilares de ladrillo. Allí encontró á Fabiana, su mujer, y á su hija, ocupadas en sacudir las paredes y traer los sillones donde los concurrentes al baile de aquella noche habían de reposarse. Don Ignacio llegóse á ellas y las oprimió contra su pecho, besando á la niña y pellizcando sabrosamente á la madre en las posaderas. Después, informado de que las criadas habían sabido comprar todo lo necesario para la cena, añadió:

—¿Cuántos invitados tenemos?

—Ocho; y si llega don Niceto seremos nueve.