—Pues dispón otros tres cubiertos porque esta mañana doña Virtudes me envió recado de que vendría con sus pimpollos.
Martínez, más chiquito que su mujer, gordo, saludable, lleno de impaciencias sanguíneas, era un esposo modelo que guardaba intactas, á pesar de la costumbre, las brasas del sagrado deseo nupcial. Doña Fabiana preguntó:
—¿No tenías que ver hoy el caballo de don Juan Manuel?
—Sí, más tarde.
Charló largo rato, hallando en aquellos diálogos familiares una dulce, sencilla y confortadora alegría. Estimulado por la actividad de la madre y de la hija, cogió un martillo y, encaramándose sobre un taburete, fijó varios clavos. Acomodóse luego en una mecedora, apoyó el tarso de una pierna sobre la rodilla de la otra, se aflojó comodonamente el cinturón, dejó ir el cuerpo hacia atrás y encendió un cigarro. A sus ojos todo ofrecíase ordenado y remozado por el glacis sin rival de la limpieza: el hormigón, recién fregado, brillaba á la luz; sobre la celosa albura de las encaladas paredes, la verdosidad húmeda de la hiedra parecía mayor; desde sus jaulas, colgadas del techo de la galería, varios jilgueros y canarios trinaban en ensordecedora competencia; las mecedoras de rejilla, los veladores cubiertos por sutiles tapetes de malla y croché, y los policromos festones de papel con que el gusto sencillo de la dueña de la casa unió unas pilastras á otras, tenían en la penumbra del patio suaves ligereza y frescura.
Rato hacía que Martínez se marchó y aun la decoradora faena se prolongaba con perseverante fervor: Antoñita entraba y salía de las habitaciones contiguas, acarreando plantas y cachivaches que las ágiles y muy discretas manos de su madre distribuían luego con acierto vistoso.
Doña Fabiana Vázquez llegaba, con los treinta años, al lucido apogeo de su belleza: tenía de ébano los undosos cabellos, morenas la bien calzada frente y las carnosas mejillas, los labios creciditos y rojos, almendrados los dientes, los ojos negros y pajareros, y una evidente expresión de sanidad en toda su matronil persona. Lástima que no hubiese crecido un poco más, con lo que hubiera alcanzado á esa línea de donde arranca en las mujeres la gallardía; de lamentar también que sus brazos fuesen demasiado carnosos, y el seno con exceso turgente, y que la redonda cintura no se recogiera y anillase mejor sobre la bien soplada magnificencia de las caderas. Todo ello la obligaba á caminar con cierta lentitud y un anadeo que descubría, bajo la holgura de sus batas bermejas, la disposición maciza de las piernas. No obstante, la hermosura árabe de los ojos, la gracia traviesa de la boca y la seductora ingenuidad de sus actitudes y palabras, suplían con exceso los errores de la línea. Era buena, era simpática, emotiva, dulce; una de esas almas maternales á cuyo lado los desgraciados y los tímidos, especialmente, se encuentran bien.
Antoñita, su hija, tenía once años, el perfil delicado y los cabellos encendidos como las mazorcas. La delgadez de sus piernas y de sus brazos, y la longitud ducal de sus manos, profetizaban que iba á ser alta. En sus pupilas azules había una indecisión que las agrandaba y embellecía. Ninguno de sus progenitores, cuellicortos y redondos, influyó en la grácil y espigada complexión de la chiquilla. Antoñita parecía destinada á servir de origen ó troquel á un tipo nuevo; las razas de los Martínez y de los Vázquez habían entroncado con tal brusquedad que se anularon mutuamente, fundiéndose y como diluyéndose apasionadamente en su retoño. Antoñita era Antoñita y perdería el tiempo quien rebuscase entre sus tataradeudos paternos ó cognáticos una figura que justificase la suya ante las leyes de la herencia. ¿Se afearía más tarde? Cuando la niñez se resolviese en juventud y pues el ambiente rudo de los pueblos no favorece á las bellezas delicadas, ¿resucitaría en ella la gordura que en plena mocedad afligió á doña Fabiana? Nada parecía señalarlo así, y Antoñita marcaba en su hogar una pincelada inconfundible, noble y rara, semejante á esas plantas que alzan de pronto un penacho verde, en la aridez de un viejo murallón.
A la tarde, pasadas las siete y media, comenzaron á llegar los invitados al banquete. Don Ignacio, que estaba en la puerta de la calle tomando el fresco, les acogía con sinceras demostraciones de regocijo, dábales conversación unos instantes y les despachaba hacia dentro, diciéndoles:
—Si quieren ustedes ver á Fabiana, pueden pasar...