Ellos cruzaban la cuadra, fétida, oscurecida por el crepúsculo y cubierta de estiércol; los pies se hundían en la hedionda majada donde pululaban millares de insectos sanguinarios: por miedo á las cucarachas las mujeres se arregazaban hasta media pierna. Después, empujando la puertecilla que se abría al fondo del local, salían al patio. Allí les aguardaban doña Fabiana y su hija, muy bien peinadas, ostentosamente enjoyadas y vestidas de blanco. Un murmullo agasajador de besos, de parabienes y de risas femeninas, llenaba el silencio; un silencio grato, limpio, que olía á macetas recién regadas.
Los más puntuales en acudir á la fiesta fueron don Elías y doña Presentación, con sus hijas Raimunda y Anita; luego llegó don Artemio Morón con María Jacinta y su sobrina Flora; y tras ellos doña Evarista, la amante de don Juan Manuel Rubio, la cual, así por el honesto aislamiento de sus costumbres como por el considerable mérito político, dinero y personales simpatías, de su protector, era en todos lados bien recibida. La tertulia iba formándose en el patio, mientras llegaba la hora de cenar. Las mujeres, á quienes la conversación excita y aturde como el vino, se balanceaban en las mecedoras, abanicándose nerviosamente y charlando todas muy alto y á la vez. Don Elías y don Artemio, esquivando el ensordecedor rebullicio, comenzaron á pasearse con andar cadencioso y las manos cruzadas atrás. Discurrían ramplonamente:
—¿Se ha enterado usted del pedrisco que cayó anoche en Navahonda?
—Esta tarde me lo dijeron.
Don Elías miró al espacio, aljofarado de estrellas parpadeantes.
—Como no llueva pronto, pero recio, una cantidad de agua que valga la pena, vamos á tener mucha miseria este año.
El recuerdo de sus obligaciones profesionales le arrancó un suspiro.
—Yo debía haber ido esta tarde á casa de la viuda de Guijosa; pero las niñas se empeñaron en que las trajese aquí...
—¿Cómo sigue doña Amelia?
—Peor, siempre peor; cada día más gorda, hasta que la grasa la ahogue. Morirá del corazón.