—Diga usted—interrumpió el farmacéutico—¿es cierto que no puede salir de la habitación donde está?
—Ciertísimo. Hace años, á raíz del fallecimiento de Guijosa, la pobre mujer se metió en su casa, y como las pesadumbres lo mismo se convierten en tejido adiposo que nos enflaquecen y dejan en los santos huesos, á ella el dolor la dió por engordar, y cuando á instancias mías determinó hacer un poco de ejercicio, tenía las nalgas y el vientre tan enormes, que ni de perfil cabía por las puertas. Actualmente mide cincuenta centímetros de cuello. ¡Un monstruo! El caso de doña Amelia á un extranjero le parecería inverosímil, pero á nosotros no debe asombrarnos: ya sabe usted que nuestras mujeres cifran la mitad de su virtud en las tres negaciones siguientes: no lavarse, no apretarse el corsé y no poner los pies en la calle.
La brusquedad de sus propias palabras enardeció á Fernández Parreño. El diálogo adquirió un sesgo social. Don Elías comenzó á perorar cálidamente contra el quietismo de la intelectualidad hispana y á buscar el origen de todos los males nacionales en el abandono de las escuelas. Nación donde la enseñanza no es obligatoria, nación perdida. Don Artemio hacía signos de asentimiento. El médico prosiguió:
—Aquí malgastamos la vida protestando, sin advertir que las costumbres no se destruyen con palabras bonitas. La semana anterior, por ejemplo, hubo en Salamanca una importante reunión «contra la blasfemia»: se pronunciaron discursos frondosos, se lucieron varios oradores, muchas señoras se darían el gustazo de estrenar sombrero, y al cabo todos salieron del mitin como fueron á él; es decir: convencidos de que no se debe blasfemar. Indudablemente esta es también la opinión de todos los carreteros de España, aunque jamás se les haya ocurrido protestar de su mala lengua. ¡Sí, ya lo saben! Ofender á los santos no está bien... Sin embargo, ¡no quiera usted oir lo que dirán por esos caminos apenas se les atasque el carro ó las mulas no tiren como deben!... Y es porque el hábito execrable de blasfemar y de emporcar nuestras conversaciones con palabras soeces, nace en la escuela. Las costumbres se corrigen implantando otras, no con bambollas retóricas; la destrucción es buena á condición de edificar inmediatamente, porque la Naturaleza tiene horror al vacío; y tales evoluciones sólo se obtienen con el favor del tiempo y dragando en los estratos más arcanos del alma nacional.
Muy satisfecho de la callada atención del boticario, Fernández Parreño continuó:
—¡Guerra á la blasfemia, sí, señor! ¡Guerra también á toda clase de feas interjecciones, especialmente á nuestra puerca, innoble, fementida y abominable costumbre de citar á cada momento los órganos genitales, para vergüenza de nuestras mujeres, escándalo de extranjeros y mengua y baldón de la española cortesía!... Luchemos contra ese fango que, antes de macular los labios ensució los pensamientos. Pero esto no se obtiene con discursos musicales, sino con buenos colegios de primera enseñanza. Un maestro deja en el espíritu colectivo más hondo surco que cien oradores. Eduquemos al pueblo. Educar es refinar el entendimiento, ponerle guiones á la voluntad, darle elegancias á la conciencia. El hombre «elegante por dentro», aunque carezca de ideas religiosas no blasfema, pues el torpe juramento repugna á su gusto delicado; ni incurre en otros delitos de grosería, porque la cultura así enfrena los ademanes del cuerpo, como las ideas y propósitos, ademanes del alma. Según desaparecieron el miriñaque y el calzón corto, así desaparecerá la blasfemia; pero, más adelante: cuando un juramento produzca en nuestros oídos el efecto de una disonancia.
Don Artemio interrumpió al médico:
—A propósito: ¿conoce usted al maestro de Cantagallos?
—¿Don Joaquín Blanco?... ¡Mucho!
—Ayer, precisamente, sus dos hijas mayores se fueron á Madrid con idea de ponerse á servir. Las pobrecillas, en su casa, pasaban días enteros sin comer.