Don Elías lanzó una interjección que desentonaba bastante con sus conceptos relativos á la limpieza del lenguaje:
—¿Ve usted?—exclamó—; ¿cómo vamos á lamentarnos de que blasfemen los carreteros de un país cuyos maestros tienen hijas fregando platos?...
La llegada de la señora viuda de Castro, con sus dos hijas, atajó la peroración de don Elías. Era doña Virtudes una mujer cincuentona, alta y cenceña de cuerpo, y muy chupada y cetrina de rostro. Vestía de negro en toda estación, más que por reverencia al perdido esposo por melancolía y sequedad de carácter, y bajo el luto de su cofia la blancura triste de sus cabellos parecía mayor. Sobre la delgadez de los labios herméticos, la nariz larga, fina y severa, daba á sus menores palabras irrevocable autoridad. El mirar buído de sus ojos simiescos, pequeños y muy juntos, se resistía difícilmente. Delante de ella, ataviadas de blanco, como potros llevados de la brida, caminaban Micaela y Enriqueta.
Adelantáronse doña Fabiana y Antoñita á recibirlas, y entre cordiales aspavientos de amistad fueron besándolas en las mejillas. Doña Virtudes las besó también, dió su flaca mano á la esposa y á las hijas de Fernández Parreño, á María Jacinta y á Flora, y ofreció á doña Evarista un saludo imperceptible.
Don Artemio y don Elías reanudaron sus paseos; las mujeres, cumpliendo dictados de la edad, se fraccionaron en dos grupos: doña Fabiana, doña Presentación y la señora viuda de Castro, á un lado; en el otro, doña Evarista y la gente joven. Las muchachas reían y se sacudían las faldas.
—¿Verdad que hay muchas pulgas?—preguntaba María Jacinta.
—Muchísimas.
—Yo tengo una metida entre los dedos del pie izquierdo. La maldita trae hambre atrasada, ¡porque está dándose un banquete!... Seguramente las hemos recogido al entrar, de entre el estiércol.
Un ademán algo deshonesto de Micaela, abrasó en relámpagos de ira las pupilas negrísimas de doña Virtudes.
—¡Niña!