—¿Qué, mamá?
—¿Qué gestos son esos, en una casa extraña?
—¡Ay, no es nada!... ¿Quiere usted callarse?... ¡Que me pican mucho las pulgas!...
Doña Fabiana sonreía indulgente, segura de que las muchachas no exageraban. Había, efectivamente, muchas pulgas; al pobre Ignacio le traían martirizado, especialmente de noche; pero, ¿cómo acabar con ellas?
—¡Yo no resisto más!—exclamó Raimunda levantándose.
Corrieron todas en tropel hacia un aposento paredaño del comedor, cuya puerta cerraron. Se las oyó retozar y reir. El semblante cetrino de doña Virtudes expresaba acre contrariedad. Cuando las muchachas reaparecieron, doña Fabiana hizo girar las llaves de la luz eléctrica y el patio se iluminó. Algunas lamparillas oportunamente distribuídas entre la lozana fronda de la hiedra, dieron á la escena vistosidad teatral. En la galería, sobre la blancura de la pared, cobraron poderoso relieve los cromos clavados por don Ignacio; las pilastras arrojaron contra el muro largas sombras decorativas, y en la inquietud de las livianas mecedoras los cuerpos femeninos, vestidos de blanco, de rosa, de azul, adquirieron una ligereza nueva. Despabilados por el regocijo de las luces y la copiosa verbosidad y ornitológica algarabía de las mujeres, los pájaros rompieron á cantar.
Don Elías y el boticario se acercaron á la dueña de la casa.
—¿A quien esperamos?—preguntó Morón.
—A don Niceto.
La señora de Martínez llamó á su hija.