—Ve á buscar á papá; dile que estamos aguardándole.

Creyóse obligada á explicar la ausencia, un tanto descortés, de su marido, y agregó:

—Ignacio, si le dan conversación, es capaz de charlar tres días seguidos. No sabe despedir á nadie.

En aquel momento aparecieron Martínez y el juez municipal. Esta fué la señal para trasladarse al comedor. Por consideración y respeto á las señoras, don Ignacio, que tenía la costumbre de ir siempre en mangas de camisa, fué á vestirse una americanilla de alpaca. Alrededor de la mesa el avisado consejo de doña Fabiana distribuyó á los invitados, según su edad, con lo que se formaron dos grupos á los cuales parecía separar el gran frutero, cargado de bruñidas manzanas y aterciopelados melocotones, que adornaba el centro del mantel. La esposa de Martínez, como motivo que era de la fiesta, y más aún por sus pocos años y juvenil ufanía de carácter, ocupó, entre las muchachas, la cabecera principal de la mesa: á su derecha estaban su hija, María Jacinta y Flora; á su izquierda, doña Evarista, Raimunda y Anita. A continuación de Flora y de Anita, respectivamente, se colocaron don Artemio y el médico; al lado de éste, don Niceto, y luego las señoras de mayor gravedad y empaque: doña Presentación y doña Virtudes. Entre ambas, llenando con su pequeña, alborotada y robusta persona, la cabecera opuesta, se sentó don Ignacio.

Empezó la comida: las muchachas se obsequiaban con anchoas, pepinillos y rajitas de salchichón, y la fuga de una aceituna que rodó por el mantel, como huyendo del tenedor de María Jacinta, suscitó grandes risas. Los platos, de dorada cenefa, rielaban á la luz. El vino ponía en la transparencia de las copas su encendida alegría. Dos azafatas, con alpargatas blancas y limpios delantales, cuidaban diligentes del servicio.

El regocijo consiguiente al buen comer y al ameno charlar, iba alterando la expresión de los rostros. En las mejillas, perversamente descoloridas, de María Jacinta, comenzaba á extenderse una leve evaporación rosa, y en sus ojos garzos chispeaba á intervalos un fulgor. A Flora, más gruesa que su prima, el calor de las libaciones la había abultado y acarminado los labios, por cuanto su fuerte dentadura parecía más blanca. A Antoñita su madre la prohibió beber más. Anita y su hermana también estaban muy contentas, y entre la rubicundez ondulante de sus cabellos y la albura de las blusas estiradas sobre la juvenil plenitud de los senos, sus semblantes redondos, ligeramente oscurecidos por el sol, triunfaban con caliente y saludable lozanía. Eran las dos de buena estatura, sólidas y esbeltas á la vez, y sus caderas turgentes sobresalían y se desbordaban de las sillas como en una provocación carnal. La belleza treintañal de doña Evarista era menos petulante, menos ostentosa, como dulzurada por la suave fatiga de la experiencia, pero sus actitudes y ademanes tenían una corrección urbana por todo extremo educada y simpática. La señora de Martínez parlaba con todas y sus ojos negros, blandos y cálidos, sus magníficos ojos de terciopelo y azabache, iban amorosamente de unas en otras.

Fernández Parreño, á quien la pulcritud de su bigote blanco, su miopía y el brillo prócer de sus gafas de oro, daban cierta elegancia, presidía la conversación secundado por el juez. Don Ignacio le replicaba y casi siempre para contradecirle. Doña Presentación, gorda, sencilla y de buen color, y doña Virtudes, cetrina y adusta, se limitaban á oir. Don Artemio también hablaba poco.

Había en esta segunda mitad de la mesa una especie de sombra; cual si la lámpara, no obstante hallarse suspendida en el comedio de la estancia, alumbrase en aquella parte un poco menos. Era una oscuridad triste, emanada, tanto del silencio y mayor edad y compostura de las personas, como del severo color de sus vestidos.

Fernández Parreño, cuyas disposiciones satíricas necesitaban una víctima, complacíase en hacer hito ó blanco de sus burlas al boticario, mientras don Ignacio recogía una á una aquellas ironías y exornadas con nuevos aditamentos y donaires tornaba á echarlas sobre el mantel. De este modo la conversación, salvo ligeros comentarios de la gente joven, describía una especie de triángulo en el cual cuanto don Elías iba diciendo rebotaba en don Artemio y era inmediatamente glosado y soplado por Martínez.

Acodado familiarmente en la mesa, distraído y buenazo, el farmacéutico oponía á las mordacidades y venenosos dichetes de su amigo una sonrisa imperturbable. Tenía cincuenta años, había enviudado siendo mozo aún y como, acaso por pereza, no quiso volver á casarse, la costumbre de vivir solo contribuyó á ratificar la significación tímida y ausente de sus actitudes. En don Artemio, por excepción la conciencia acompañaba al cuerpo; ó, lo que es igual: rarísimas veces movíase y hablaba conforme á lo que sus sentidos iban diciéndole, lo cual le daba un gesto cómico de constante indecisión. Las largas dimensiones de sus piernas y brazos, bien claramente revelaban la buena lozanía de sus años adolescentes, pero una caída, partiéndole la espina dorsal á la altura de los omoplatos, dejó en su espalda una caricaturesca joroba. Roto ya el equilibrio entre las extremidades y el busto, lo único recomendable de su persona era la cabeza, monda y circundada por una noble guedeja blanca; y en ella, los ojos grandes, la nariz fuerte y de varonil volumen, y el moreno rostro solemnizado por una barba oriental, cuadrada y abundante.