Y no era este desconcierto de huesos el menor daño que afligía al boticario, aunque él así lo creyese, sino que con la joroba física salióle otra muy gravísima corcova en el alma, y fué la de la tacañería. Sus muchas relaciones y la respetabilidad de su oficio favorecieron grandemente el desapoderado incremento de esta inclinación. Como conocía á todos los modestos propietarios de la comarca y estaba al tanto de sus apuros, solía facilitarles dinero mediante hipotecas terribles. Cumplido el plazo señalado para el reintegro ó devolución de la suma prestada, don Artemio procedía á raja tabla y gozosamente al embargo de los bienes hipotecados, y por este cobarde y criminal procedimiento cuadruplicó sus heredades. Pocos años le bastaron para enriquecerse. En Puertopomares la gente á la vez le quería y le odiaba, pues mientras unos decían horrores de él, otros aseguraban que, fuera de su ominosa fiebre de acaparar dinero, era un hombre discreto y de campechano y bonísimo trato. Los que le conocieron mozo, aseguraban que antaño no era así.
—A no haberse jorobado—decían—hoy no sería usurero.
Para Fernández Parreño, que solía abrazarle pensando en que los corcovados evitan la mala sombra, don Artemio Morón, con su gran cabeza sakespeana calva y barbuda, puesta sobre la ridiculez de su joroba, era un símbolo: el símbolo exacto de la Vida, donde el sainete y la tragedia, lo grave y lo ridículo, lo más noble y preexcelente y lo más ruin, marcharon siempre unidos.
La cena iba transcurriendo apaciblemente. Las muchachas empezaban á dolerse de la exigua representación que el elemento masculino tenía allí; Raimunda lamentábase de la ausencia de Epifanio, su novio, y Anita preguntó á don Niceto por su hermano Luis. Micaela también echaba de menos á Romualdo. Doña Fabiana las tranquilizó; aludió á su marido con un gesto.
—Nosotros—dijo—hubiésemos querido invitarles á comer; pero, como veis, la mesa es pequeña para tantas personas. Nadie, sin embargo, pase apuros, porque esos señores están invitados y á la hora del baile les tendremos aquí.
Raimunda, la primogénita de los Fernández Parreño, cuchicheaba con doña Evarista.
—¿Ya no le pican á usted las pulgas?
—Martirizada me traen, hija mía.
—Yo tengo una terrible aquí debajo... ¿usted comprende?... La pícara pudo irse á otro sitio, pero sin duda tenía mucha hambre y eligió el plato mayor y mejor servido...
La protegida de don Juan Manuel reía oyendo estas ligerezas, y la hilaridad humedecía voluptuosamente sus bellos ojos.