Adelantando un poco el busto la señora de Martínez inquirió la causa de aquel regocijo.

—¿Qué dice Raimunda?

—Nos quejamos de las pulgas.

Idéntico daño afligía á María Jacinta y á Flora, y esto acuciaba en todas el deseo de bailar. Informado de lo que sucedía, Fernández Parreño improvisó un elogio del mosquito.

Según don Elías, el mosquito posée cualidades estéticas que le hacen infinitamente superior á la pulga: es artista porque habiendo sabido hermanar el hambre con la música, adorna sus picotazos cantando, y á semejanza de las mariposas ama la luz y frecuentemente en ella perece; y también porque su voracidad es menos cruel y su caza menos fatigosa. A un mosquito se le inutiliza delicadamente, sin más que quemarle las alas con un fósforo; mientras á las pulgas es necesario descender á buscarlas en los escondrijos del traje ó del lecho donde se ocultan. Además, la pulga es esencialmente sanguinaria; muchas veces pica sin apetito, sólo por el gusto de fastidiar al hombre y robarle la sangre. Si estamos de visita, nos devorará el cuello; si vamos de paseo, se nos meterá dentro de una bota. ¿Sabe nadie las ideas de desesperación y hasta de suicidio que pueden inspirarnos las agresiones de una pulga escondida debajo de nuestro sombrero?...

Como lograse terminar su disertación con notable fortuna, don Elías, excitado al calor de sus propias agudezas, comenzó á probar nuevamente la buena paciencia de don Artemio.

Morón vivía á la entrada de la Glorieta del Parque, frontero á la Fonda del Toro Blanco, y, según Fernández Parreño, la distancia que separaba la botica del Casino servía á don Artemio para someter á cálculos, casi matemáticos, los grados de afecto que cada uno de sus amigos le dedicaba.

—¡No haya cuidado—aseguraba el médico—que este hombre por nadie se moleste! En cambio, halla natural que todos se incomoden y molesten por él. ¿Es cierto no?...

El interpelado sonreía modesto, ocultando la satisfacción de verse comentado y objeto de la curiosidad general. Aquel discreteo, no obstante su rápida trivialidad, equivalía á un polvillo de éxito, á un rocío de gloria, que cayese sobre él.

Las festeras palabras de don Elías eran recibidas con francos borbollones de hilaridad porque apostillaban hechos menudos y conocidos. A don Artemio Morón, verbigracia, le gustaba muchísimo charlar. Sincretista y desocupado, amaba la conversación por ella misma, por «su ruido», que no por estudiosa curiosidad espiritual ó inteligente prurito de discutir. Así, ni la alcurnia mental de su interlocutor ni el asunto del diálogo, le interesaban mayormente. ¿Se comentaban las últimas corridas de toros? Bueno. ¿Hablaban de política? Adelante. ¿Debía charlar de agricultura y quejarse del tiempo? Muy bien. Todos los asuntos parecíanle igualmente oportunos para no dejar á su lengua ni á sus oídos en la ociosidad.