Con este cuidado don Artemio, que iba todas las noches al Casino, procuraba no salir nunca solo de allí. Si á la hora de él marcharse sus contertulios hallábanse enzarzados en alguna partida de ajedrez, de tresillo ó de dominó, atardaba su retirada para esperarles. Ellos, conociéndole, se hacían los remolones. Les aburría. El boticario, parsimonioso en sus actitudes, amén de caminar muy despacio, tenía la molestísima costumbre de pararse al hablar. Mientras oía andaba, pero no bien abría la boca se detenía, cual si los dinamismos de sus labios y de sus pies fueran rivales.
—A propósito de eso que ha contado usted—decía—voy á referirle lo siguiente...
Y se paraba. Replicaba su acompañante, que sabedor de sus tretas procuraba llevar las riendas del diálogo; pero había de tenerlas muy cogidas, pues Morón se las quitaba en seguida, y como hallaba especial contento en escucharse no era fácil arrebatárselas después.
A esta lentitud y aburrida templanza de ademanes, añadía el hábito de ir subrayando sus palabras con líneas que la contera de su bastón trazaba sobre la acera ó en la fachada de las casas.
—La liebre—explicaba—se había escondido aquí, bajo unas matas; yo venía por acá. Al ver al animal mis perros describieron un semicírculo en esta forma...
Todo lo corpóreo, lo susceptible de expresión gráfica, le obsesionaba; don Artemio no sabía zurcir dos ideas si á medida que germinaban en su caletre no las pintaba.
—El toro estaba allí; el picador se acercaba por este lado... ¿Comprende usted?...
Mientras la contera infatigable de su bastón peregrinaba sobre las losas del pavimento; ora trazando una recta, ya una curva graciosa, ó golpeándolas sonoramente, para mejor imbuir en el ánimo del oyente la convicción de que determinado objeto ó persona ocupaba un sitio fijo, preciso, rotundo. Comprender bien á don Artemio suponía, por tanto, escucharle á pie quieto y sin apartar de su bastón los ojos.
Todo esto daba tan fastidiosa monotonía á su trato, que sus amigos del Casino le huían. Algunos, sin embargo, solían acompañarle, ó por desocupación y deseo moceril de trasnochar, ó porque sus domicilios se hallasen en el mismo rumbo ó dirección de la botica.
Las personas de quienes don Artemio recibía tan meritísimos testimonios de paciencia y afecto, eran el gerente de La Honradez, don Romualdo Pérez; Epifanio Rodríguez, estanquillero y corresponsal de periódicos; don Valentín Olmedilla, dueño de la fonda del Toro Blanco, y don Gil Tomás. A todos ellos teníales clasificados según el tiempo que le daban escolta, y establecía relaciones directas entre la amistad de sus acompañantes y la longitud del camino. A más camino, mayor amistad. Así, el peor de ellos era Epifanio, quien, so pretexto de madrugar, le dejaba en la Bajada de la Fuente, á cincuenta pasos mal contados del Casino. Romualdo, que nunca se acostaba sin echar un vistazo á las severísimas rejas de doña Virtudes, le acompañaba hasta el callejón del Misionero. De allí á la farmacia la distancia era breve. Unicamente su vecino don Valentín y don Gil Tomás, que necesitaba cruzar la Glorieta del Parque para entrarse en el Paseo de los Mirlos, iban con él hasta su casa.