—El refinado egoísmo de don Artemio—decía don Elías—tiene clasificados á sus amigos en tres grupos: malos, medianos y excelentes.

Para excitar la hilaridad del mujerío, parodiaba con su cuchillo, sobre el mantel, los geroglíficos que el boticario hacía en las aceras con su bastón.

—Supongamos—continuó—que se trata de un termómetro inventado por Morón para medir la temperatura afectiva ó sentimental de sus conocidos. La ampolla ó depósito del aparato lo constituye el Casino; la columna termométrica es la calle Larga, eje máximo ó espina dorsal del pueblo que va, como todos sabemos, desde el Casino á la Glorieta del Parque; y el mercurio que sube y baja por el tubo capilar, las personas de quiénes don Artemio se acompaña egoístamente y con el exclusivo objeto de no aburrirse. El cero, en esta rara escala del calor amistoso, lo señala, por ejemplo, la Bajada de la Fuente, donde le deja Epifanio. ¿No es eso?... Los veinte grados, podemos calcular que corresponden al callejón del Misionero, por donde Romualdo ha de pasar todas las noches; y, solamente, don Valentín, don Gil y algún otro, llegan á la Glorieta del Parque, que representa los cien grados, la ebullición, la muerte de todos los gérmenes ingratos, la exaltación ó frenesí de la amistad. Anoche, alrededor de las doce, le vi á usted acarreando por la columna mercurial á don Juan Manuel. ¿Consiguió usted que subiera mucho?...

Fernández Parreño miraba á doña Evarista, que lucía risueñamente el prodigio blanco de su dentadura. Don Artemio siguió la broma.

—No crea usted—repuso—que la temperatura afectuosa sube en don Juan Manuel fácilmente.

—¿Pasó de la Bajada de la Fuente?

—¡Eso, sí! Podemos decir que conseguí hacerle «romper el hielo»; pero se quedó á la altura de Correos: no fué mucho; algo equivalente á diez ó doce grados...

Según adelantaba la comida, la conversación iba generalizándose y cobrando mayores vivacidad y regocijo. Los vapores sinceros del vino desnudaban los caracteres que florecían en atrevimientos y expresiones nuevas. La señora de Fernández Parreño, admirada del fértil y ameno ingenio de su esposo, reía sus donaires con una complacencia parecida á un orto de amor; doña Virtudes, ocupada siempre en corregir con fulminantes miradas los dichetes de sus hijas, no disponía de la ecuanimidad necesaria para rendirse al buen humor, y conservaba, dentro de la más impecable corrección, una actitud fiscal; María Jacinta y Flora, charlaban aparte; las hijas del médico, doña Evarista y la señora de Martínez, conversaban con gran alborozo y todas á un tiempo.

Servían el café, cuando llegaron Epifanio y Romualdo, muy currutacos, oliendo á esencias y con las solapas florecidas. Los dos eran jóvenes, delgados y de gentil presencia; usaban bigote y llevaban sombreros redondos de paja. Epifanio lucía un «completo» gris y una corbata encarnada; Romualdo vestía un traje azul marino con rayitas blancas y zapatos de piel de Rusia. Su aparición fué aplaudida y señaló el momento de dejar la mesa. Todos se levantaron; el baile iba á empezar. Cuatro músicos, sentados en un ángulo del patio, junto á la enredadera, preludiaron una mazurka. El fragor con que las sillas eran arrastradas de un lugar á otro ahogaron aquellos primeros compases. Los circunstantes iban sentándose en semicírculo y según su gusto: unos, al aire libre, entre la humedad fragante de las macetas; otros, en la galería, donde era más áspera la claridad. Y de nuevo, exasperados, enloquecidos, por la greguería de la música y de tantas voces, los jilgueros y los canarios rompieron á cantar.

Muy sensible al calor don Ignacio había resuelto ponerse en mangas de camisa. Pequeño, redondo, el rostro sudoroso, el pestorejo ancho y peludo, las piernas cortas, pero gruesas como las de Atlante, el señor Martínez dió dos recias palmadas. Sus manos cortas, cubiertas de negro vello hasta las uñas, sonaron como tablas.