—¡Señores, á bailar!...

¡Oh, y qué blandas, qué suaves, acariciadoras y alcahuetas, vibraron aquellas palabras!... Fué un soplo de paganía, un estremecimiento sabático. Epifanio ofreció su brazo á Raimunda; Romualdo dió el suyo á Micaela. La joven se levantó, el rostro bañado en felicidad y alisándose con ambas manos los cabellos. Al dejar la silla, sus caderas tuvieron un vaivén voluptuoso. Doña Virtudes la llamó y en voz muy baja, sibilante...

—Estás fuera de ti; haz el favor de comportarte decentemente...

Micaela se encogió de hombros.

—Por Dios, mamá...

Fernández Parreño quiso danzar con doña Evarista, quien se excusó finamente cimentando en su edad su negativa, y el médico invitó á Flora. Don Ignacio, contento y ágil como un muchacho, bailaba á María Jacinta; y, á pesar de su corcova, don Artemio brindó galantemente su brazo á doña Fabiana.

La corrección de don Elías y su juvenil esmero en acicalarse, impresionaron al veterinario. ¿No iba don Elías demasiado currutaco para sus años? ¡Y luego, aquella flor roja que adornaba su ojal!...

—¡A rocin viejo, cabezadas nuevas!—gritó Martínez.

Antoñita dormía acurrucada en un sillón. Doña Virtudes, doña Presentación, Anita y don Niceto, que no sabía bailar, se sentaron en grupo. Para oirse necesitaban hablar á gritos; al fin, ensordecidos por la música y el canto, cada vez más rabioso, de los pájaros, decidieron callar. Unas en pos de otras, las parejas danzantes voltijeaban infatigables, y bajo la generosidad lechosa de las luces, se multiplicaban sus perfiles. Según el trozo de patio que sirviese de fondo á las figuras, éstas perdían ó ganaban en nitidez: así, sobre las iluminadas paredes de la galería, los cuerpos de María Jacinta y de Micaela, vestidas de blanco, se emborronaban, mientras los negros cabellos de la señora de Martínez exaltaban la solemnidad de su ébano; y, por el contrario, ante la oscuridad de la hiedra, los trajes claros y los semblantes se recortaban intensamente, en tanto las cabelleras se desvanecían. La exactitud de tales contrastes podía seguirse mejor atisbando las evoluciones de Epifanio y de Romualdo: el gerente de La Honradez, vestido de azul, era el bailarín de la luz y de los muros encalados; Epifanio, en cambio, por lo mismo que palidecía bajo las lamparillas eléctricas, dentro de su terno gris, medraba notablemente en la penumbra de la hiedra.

A las once tocaba la fiesta á su apogeo. Habían llegado doña Quintina, una jamona, alegre y apretada de carnes, á quien don Artemio no podía mirar sin que se le encandilasen los ojos; y Luis Olmedilla, el prometido de Anita, á cuya sola presencia los labios hasta allí amustiados de la moza, recobraron su locuacidad y encendido color.