En Luis Olmedilla, bien plantado, desocupado y alegre, todas las muchachas de Puertopomares, cuál más, cuál menos, había pensado alguna vez. Socapa de estudiar Derecho vivió en Madrid varios años, y allí aprendió á tocar la guitarra y otras majezas. Aunque pobre, sus costumbres holgazanas y su mediana ilustración le separaban del bajo pueblo, en cuyo trato y comercio, no obstante, se complacía. Era faldero y amigo de trifulcas. La influencia del juez, su hermano, tras salvarle de quintas, había agravado sus fueros de perdonavidas. Desde que ahorcó los libros, vivía en la fonda del Toro Blanco y á expensas de don Valentín, y sin mejor ocupación que retozarle las criadas y beberle los mejores caldos de la bodega. Con estos y otros no menos arlequinescos pormenores que de él se contaban, las mujeres, enemigas inconscientes de la moral, se perecían por gustarle, y ello estimulaba la pasión en que la menor de las hijas del médico se derretía.

Al terminar el vals, don Artemio invitó á Olmedilla á pulsar la guitarra; aceptó en seguida el mozo, que rabiaba por coquetear y lucirse, y apenas vibró la suave pesadumbre de las primeras coplas, cuando Martínez, que con las frecuentes libaciones sentíase enternecido y más enamorado de su mujer que de costumbre, determinó obsequiar á sus invitados con unas botellas de champagne.

A media noche los ojos de doña Presentación y de doña Virtudes empezaron á cerrarse de sueño, pero las muchachas tenían los suyos por momentos más pajareros y luminosos. La danza pedía vino, y el vino, danza; multiplicábanse las conversaciones y las risas; los hombres hablaban á gritos y rivalizaban en decir donaires. Salieron á colación varios cuentos: don Elías refirió uno, otro don Artemio, y Luis Olmedilla empezó una historia de tan sutil y quebradiza moralidad, que María Jacinta, Flora y las señoritas de Fernández Parreño, comprendiéronse obligadas á taparse los oídos. Doña Evarista acudió en socorro de las escandalizadas doncellas.

—Luis, las atrocidades están prohibidas; hay demasiada gente...

—Pues, por eso, porque hay mucha gente, tienen mis ligerezas menos gravedad.

—¡Al contrario! Particularmente, cualquiera de nosotras oiría eso... y más. En público, no. La vergüenza femenina es un fenómeno de conjunto que sólo se produce con la aparición de una «tercera persona». Como en el Paraiso, exactamente...

Don Elías propuso un juego de prendas, pero su opinión fué rechazada. La juventud prefería bailar. Las mejillas cubiertas de mador de las muchachas ofrecían una tersura brillante y nacarina. Las hijas de Fernández Parreño, hermosas y encendidas, estaban como lujuriantes amapolas. Los rostros de Flora y de las señoritas de Castro, también ardían, y aquel aborrachado color mejoraba su belleza. En los breves instantes de silencio que dejaban las conversaciones, vibraba el nervioso abrir y cerrar de los abanicos. Hasta las ojeras profundas y los labios viciosos de María Jacinta tenían arreboles de salud.

Los músicos requerían de nuevo sus instrumentos, y Anita, que llevaba agilidades de pájaro en los pies, pidió á voces un vals. La mayoría protestó: deseaban algo más lento, más sensual...

Doña Fabiana llamó la atención de su marido.

—Me parece que ha sonado el aldabón de la puerta de la calle.