Martínez hizo un gesto de duda.
—¿A estas horas? No es probable.
Fernández Parreño ratificó lo dicho por la señora de Martínez: él también estaba cierto de que habían llamado. Don Ignacio se encogió de hombros.
—Quien sea—dijo—puede entrar, porque la puerta quedó entornada.
Acababan de ser dichas estas palabras, cuando la puertecilla que relacionaba el patio con la cuadra se abrió lentamente y, sobre su oscuridad, apareció don Gil.
La llegada insólita del hombre pequeñito y astral, determinó en todas las mujeres idéntica emoción de frío. Miráronle con miedo, con rubor; con ese rubor que hay en las pupilas de las recién casadas. De emoción María Jacinta, la favorita de don Gil, quedóse lívida. Cesaron las risas. La entrada de un Sultán en su serrallo, no produciría otro efecto. Era el amo, el Deseo, que, de noche, se hacía hombre; el íncubo...
En medio de aquel silencio repentino, silencio de sorpresa, don Gil Tomás, el hombrecito color de paja, el hombrecito que no había reído nunca, avanzó insinuando un saludo amable...
X
Pilar y Maximina charlaban en voz queda mientras cosían á la luz de la lámpara. Pilar era regordetilla y tenía los cabellos negros, crespos y lustrosos, de las cíngaras; Maximina, por el contrario, era rubia, alta, pálida y señoril. Cuando momentos antes Pilar, un poco despeinada y con ojos de tristeza, penetró en la estancia, su compañera la interrogó:
—¿Ya se ha dormido?